Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 6: Grietas en la Pared

La profesora Mónica era distinta.
Tenía esa forma de mirar que incomodaba. No por dura, sino por real. Como si pudiera ver más allá de lo que uno decía. Era joven, nueva en la escuela, y no levantaba la voz. Pero cuando hablaba, todos escuchaban. Incluso Damián.
Ese miércoles, en Literatura, ella los hizo escribir sobre “una sensación que no puedan explicar”.
Damián escribió. No porque le naciera, sino porque algo en esa consigna… encajaba.
No usó puntos. Solo frases sueltas.
"El mundo hace ruido aunque esté en silencio.
Hay gente que brilla sin saberlo.
A veces veo cosas que todavía no pasaron."
Cuando entregó la hoja, Mónica la leyó en silencio.
No dijo nada.
Pero cuando la clase terminó, lo detuvo con una mano suave sobre el brazo.
—¿Esto lo escribiste vos? —preguntó, sin juicio.
Damián asintió.
—¿Sabés que eso que describís… lo sentí cuando era chica?
Él la miró, sorprendido.
—¿Usted también…?
—No de la misma manera. Pero… hay personas que perciben distinto. A veces son más sensibles al dolor. O al miedo. O a cosas que no tienen nombre. No estás solo, Damián.
No lo dijo como si supiera exactamente lo que le pasaba.
Lo dijo como alguien que cree. Y eso, para él, valía más.
Más tarde, ya en casa, Sofi lo esperaba sentada en su cama.
—¿Estás enojado conmigo?
—¿Por qué lo estaría?
—Porque conté lo del dibujo en el espejo. A mamá. No quería… pero me asusté.
Damián se quedó quieto. No sabía si enojarse, o agradecerle por ser sincera.
—¿Y qué dijo?
—Que era una “manera tuya de expresarte”. Que quizás deberías volver a hablar con la psicóloga.
Silencio.
Sofi jugaba con el borde de su buzo, incómoda.
—Pero yo no quiero que te curen, Dami. A mí me gustás así.
Esas palabras le dolieron más que cualquier otra. Porque escondían algo que él conocía bien:
el miedo a que cambie. O peor… a que desaparezca.
—Yo no estoy enfermo, Sofi.
Ella lo miró.
—¿Entonces por qué te querés curar?
Damián no supo qué contestar.
Porque no era por él. Era por los demás.
Porque siempre sintió que sobraba. Que desentonaba. Que vivía como por el costado del mundo.
Esa noche no durmió. No del todo.
Sintió su piel más sensible. El aire más pesado. Las luces del pasillo parpadeaban otra vez, aunque nadie las encendiera.
Y por primera vez, se preguntó:
¿Y si esto no fuera una maldición?
¿Y si todo esto… fuera un don?




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