El jueves al mediodía, el cielo se puso raro. Nublado, pero sin lluvia. Un gris denso que no dejaba pasar ni una chispa de sol.
En el recreo, Damián buscó un rincón tranquilo. Su cabeza zumbaba desde temprano, como si hubiera electricidad estática flotando en el aire. No eran voces, no del todo. Pero las emociones de la gente… vibraban.
Y algunas, más fuerte que otras.
Se sentó bajo una ventana en el ala vieja del edificio. Desde ahí podía ver el patio, pero nadie lo veía a él. Un refugio perfecto. O eso pensó.
Hasta que vio a Emilia.
Era nueva. Pelo oscuro, suelto, y los ojos siempre medio caídos, como si estuviera cansada del mundo.
Ese día, se había apartado del grupo. Caminaba en círculos junto al tapial, con los brazos cruzados. La rodeaba un silencio denso. Y algo más.
Una tristeza antigua, como humedad que se mete en las paredes.
Damián no quería meterse. No sabía cómo. Pero algo lo empujó.
Se levantó. Caminó despacio. Y se quedó a unos metros de ella, sin hablar.
Emilia se dio vuelta al sentirlo.
—¿Qué mirás?
No sonaba agresiva. Más bien sorprendida de que alguien la hubiera notado.
Damián bajó la vista.
—Nada. Solo… vi que estabas mal.
Ella arqueó una ceja.
—¿Y qué sabés vos si estoy mal?
Y ahí, sin pensarlo, Damián dijo:
—Porque estás peleando con vos misma.
Con algo que pasó. Y que no querés contarle a nadie.
Emilia se quedó helada.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie —susurró él—. Solo lo sentí.
Un silencio espeso se instaló entre ellos. Y justo cuando él pensó que iba a alejarse, Emilia se sentó en el suelo, contra el tapial.
—Hoy se cumple un año de la muerte de mi hermana. No le dije a nadie. No quiero que me miren con cara de lástima.
Damián se sentó también. Sin decir palabra.
Solo estar ahí, compartiendo el mismo pedazo de tierra.
Ella lo miró de reojo.
—¿Vos siempre sabés lo que la gente siente?
—No siempre. Solo a veces. Como si… las emociones se hicieran visibles.
—Debe ser horrible —dijo Emilia.
Damián pensó en decir que sí. Pero algo lo detuvo.
—Hoy no.
Ese “hoy no” fue como abrir una ventana en una pieza cerrada.
Por primera vez, su don había servido para algo más que incomodar o asustar.
Había acompañado a alguien en su dolor.
Y eso… valía más que mil respuestas.
Cuando sonó la campana, Emilia se levantó primero.
—Gracias por no decir nada raro. Ni intentar consolarme. Solo por… quedarte.
Damián asintió.
—Gracias por dejarme.
Y mientras volvía al aula, no sintió ruido.
No voces.
No confusión.
Solo una calma dulce. Como si, por un momento, hubiera estado en el lugar exacto donde debía estar.
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Editado: 16.01.2026