Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 9: Entre el ruido y el gesto

Tomás era un problema con patas.
No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, solía ser para desafiar a alguien, romper una regla o provocar una carcajada nerviosa en los que lo seguían. Era ese tipo de chico que todos evitaban o temían. No porque fuera violento —aunque podía serlo—, sino porque no parecía importarle nada.
Hasta ese viernes.
Durante la hora libre que quedó cuando faltó la profesora de Biología, Tomás decidió abrir una ventana del aula y prender un cigarrillo.
Sí, adentro del aula.
—¿Estás loco? —murmuró alguien—. Te van a echar otra vez.
Tomás sonrió, indiferente.
Damián estaba en su banco, al fondo. No quería mirar, no quería oler el humo, no quería estar ahí. Pero lo sentía todo: las miradas tensas, los murmullos, la mezcla de miedo y admiración que flotaba como un gas invisible.
Entonces entró el profesor Quiroga. Alto, severo, siempre puntual.
Lo primero que hizo fue fruncir el ceño. Lo segundo, olfatear el aire.
—¿Quién fue?
Silencio. Pesado. Sordo.
Damián no sabía por qué se levantó. No se lo ordenó nadie. Ni siquiera lo pensó. Solo sintió el miedo que emanaba de Tomás como una radiación contenida.
Y dijo:
—Fui yo, profesor.
Todos lo miraron.
—¿Vos? —dijo Quiroga, desconfiado.
Damián asintió. —Fue solo un par de caladas. Estaba nervioso. No va a pasar otra vez.
El profesor lo observó largo rato. Como si intentara leerle la piel.
—No me lo esperaba de vos.
—Ni yo —respondió Damián, con una honestidad que desarmó la escena.
Quiroga resopló y apuntó algo en su carpeta.
—Hablamos después. Ahora, siéntense todos.
Cuando se sentó, Tomás lo miró por primera vez. No con burla. Ni con amenaza.
—¿Por qué hiciste eso?
—No sé —dijo Damián—. Supongo que… no quería que te echaran.
Tomás no dijo nada. Solo se le movió un músculo en la mandíbula.
Después, mientras salían, le palmeó el hombro.
—No pensé que tuvieras huevos.
Damián sonrió apenas.
—Yo tampoco.
Fue una frase pequeña. Pero entre ellos dos, fue como una tregua.
A partir de ese día, Tomás no lo molestó más. Y lo más extraño: empezó a sentarse cerca, como si buscara su sombra sin admitirlo.
Y Damián entendió algo: a veces, una mentira a tiempo puede ser más valiosa que mil verdades.




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