Tomás no era de agradecer, ni de hablar más de lo necesario. Pero desde el episodio del cigarrillo, empezó a aparecer cerca de Damián con una frecuencia incómoda y, a la vez, tranquilizadora.
No era amistad.
Todavía no.
Pero sí una especie de pacto silencioso.
—Che, vos que sos medio raro… —dijo un mediodía, mientras caminaban por el pasillo vacío—. ¿Te gustaría venir esta tarde? Unos amigos van a hacer algo.
Damián lo miró de costado.
—¿Algo como qué?
Tomás sonrió con la boca torcida.
—No es nada grave. Solo... vamos a entrar a un galpón abandonado, cerca del río. Dicen que guardan cosas de la muni ahí. Vamos a ver si es verdad.
Damián sintió un zumbido en el pecho. Como si algo dentro suyo se contrajera.
Ese lugar. Ese día. Había algo que no cerraba.
—¿Y para qué? —preguntó.
—¿Para qué no? —contestó Tomás, como si eso bastara.
Esa tarde fueron.
El lugar estaba oxidado, con chapas sueltas y olor a humedad. Uno de los chicos forzó una cerradura. Entraron.
Había silencio. Y cosas viejas: escritorios, carpetas, cables. Y también cajas cerradas, con sellos oficiales.
—¿Ves? —dijo uno de ellos—. Acá hay cosas buenas.
Tomás no decía nada. Solo miraba.
Damián caminó despacio, tocando los objetos. Sintiendo. Y de golpe, una imagen fugaz: una figura escapando por una puerta trasera. Una alarma. Luces rojas.
Miedo.
Mucho miedo.
—Tenemos que irnos —dijo Damián, firme.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Algo va a pasar. No sé qué, pero no es bueno.
Uno de los chicos se rió. Otro sacó una navaja para abrir una caja.
Tomás lo miró.
—Pará, loco.
—¿Y a vos qué te pasa? ¿Ahora sos la conciencia del grupo?
Tomás se quedó quieto. Pero luego miró a Damián.
Y entonces, tomó una decisión.
—Nos vamos. Ahora.
—Sos un cagón.
—Puede ser —dijo Tomás—. Pero no quiero terminar metido en algo más feo.
Salieron rápido, sin decir palabra.
A los dos días, hubo una noticia en la escuela: alguien había robado documentos oficiales del galpón. Había cámaras. Estaban buscando a los culpables.
Esa tarde, Tomás y Damián se sentaron en la plaza.
—¿Cómo supiste? —preguntó Tomás, sin mirarlo.
—No sé. Lo sentí. Como si algo me apretara el pecho.
Silencio.
—¿Vos ves cosas? ¿Escuchás cosas?
—A veces.
Tomás lo pensó un rato.
—Estás loco.
—Puede ser.
—Pero… gracias.
Fue la primera vez que Tomás usó esa palabra con él.
Y Damián sintió que, por primera vez, había torcido el destino de alguien más.
No con fuerza.
No con gritos.
Sino con lo que mejor sabía hacer:
sentir antes que los demás.
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Editado: 16.01.2026