Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 11: El reflejo que cambia

Desde aquella tarde en el galpón, Damián se sentía distinto.
No mejor. No peor. Solo... otro.
El lunes, Tomás lo saludó frente a todos. Le dio una palmada en la espalda y se rió de un chiste que él no entendió del todo. Pero no importaba.
Porque por primera vez, Damián no era invisible.
—Ese loco la ve venir —dijo uno de los chicos al pasar.
Damián no supo si le gustaba o le incomodaba.
Durante el almuerzo, se quedó mirando su reflejo en la cuchara. Se preguntó qué veían los demás cuando lo miraban.
Él siempre se había pensado como un error de fábrica. Como un rompecabezas con piezas cambiadas de caja.
Pero ahora, alguien como Tomás —alguien que ni a sí mismo parecía entenderse— confiaba en él.
¿Por qué?
Esa tarde, en casa, mamá notó algo.
—Estás más callado de lo normal. ¿Pasó algo?
—No. Pero… ¿alguna vez sentiste que de golpe eras otra persona?
Mamá lo miró con cautela.
—¿Otra persona cómo?
—Como si tuvieras una parte tuya que estuvo dormida. Y ahora no sabés si te gusta cómo suena cuando se despierta.
Ella pensó. Luego se acercó y le acarició el pelo con cuidado.
—A veces crecer es eso. Escucharse con otros oídos.
Damián bajó la mirada.
No sabía si estaba creciendo.
Pero sí sabía que ya no podía volver atrás.
Esa noche, soñó con un espejo gigante. Frente a él, su reflejo cambiaba.
Primero era él, como siempre.
Luego era una silueta con luz en el pecho.
Después, su cara otra vez… pero con ojos que no reconocía.
Y justo antes de despertar, esa voz sin forma le susurró:
“No sos raro. Sos necesario.”
Damián se sentó en la cama, sudado, el corazón retumbando como un tambor.
Algo se había movido.
No afuera.
Adentro.
Y esa vez, no sintió miedo.
Sintió curiosidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.