Damián dormía cada vez con más profundidad.
No porque estuviera más cansado, sino porque algo —una fuerza sutil pero insistente— lo empujaba al fondo de sí mismo.
Las noches ya no eran solo descanso.
Eran puertas.
La noche del martes soñó con una ciudad sumergida. Caminaba entre edificios sumergidos en un silencio de agua espesa. No necesitaba respirar. Todo estaba quieto, como suspendido en el tiempo.
Y en el centro de una plaza flotante, había un árbol sin hojas.
Negro.
Inmóvil.
De su tronco brotaba una línea de luz que se curvaba hacia él, como un hilo que tiraba de su pecho.
Despertó agitado, el cuerpo húmedo, como si realmente hubiera estado bajo el agua. Su piel olía a sal. Su corazón, a preguntas.
—¿Qué me está pasando? —murmuró.
Al día siguiente, no pudo concentrarse. En clase, mientras la profesora explicaba la Guerra Fría, su mente volvía al árbol, al hilo, a esa calma inquietante.
Y entonces, sin querer, escuchó algo que nadie dijo.
Una frase, flotando en el aire, justo detrás de él:
“Él también ve.”
Se giró. No había nadie. Solo Tomás, a unos asientos de distancia, distraído con un dibujo en su carpeta.
—¿Qué dijiste? —preguntó, en voz baja.
—¿Eh? Nada. Estoy aburrido.
Pero la voz había sonado distinta. No como una voz humana. Sino como un pensamiento ajeno, colándose en su mente como un eco mal disfrazado.
Esa noche, el sueño volvió.
Esta vez, el árbol tenía hojas de cristal. Cada una vibraba con un sonido distinto. Cuando Damián se acercaba, las hojas emitían voces dormidas, susurros mezclados con imágenes.
Y entre ellas, una palabra se repetía como una campana lejana:
“Umbral.”
Al despertar, sintió que la realidad estaba más delgada. Como si pudiera atravesarla con solo cerrar los ojos.
Tomás lo esperó a la salida del colegio. Lo miró de reojo, incómodo.
—¿Estás bien?
Damián dudó.
—Soñé con un árbol. Dos veces. Escuché cosas.
Tomás no se rió. Tampoco hizo un comentario sarcástico.
Solo dijo:
—Yo también sueño cosas raras. Pero nunca me acuerdo al despertar.
Y entonces, por primera vez, Damián se animó a preguntar:
—¿Y si no son solo sueños?
Tomás lo miró. Esta vez más serio.
—Entonces estamos jodidos.
Ambos rieron. Pero adentro, muy adentro, Damián sabía que no era broma.
Ese árbol, esa voz, esa sensación de estar en el umbral de algo…
Era el comienzo de un camino. Uno que aún no entendía, pero que había empezado a recorrer.
Y ya no estaba solo.
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Editado: 16.01.2026