Damián dejó su cuaderno sobre la mesa. Lo había cerrado, sin escribir más que dos palabras:
“El Umbral.”
Fue al baño, se enjuagó la cara. El agua estaba más fría de lo normal.
Cuando volvió… el cuaderno estaba abierto.
Pero no en blanco.
Sino con una línea escrita en tinta negra que él no había usado:
“Cuando despiertes, recordá la rama torcida.”
Se quedó paralizado. Miró a su alrededor. Nadie en su cuarto.
No había viento.
No había lógica.
Cerró el cuaderno, lo guardó.
Y no dijo nada.
Esa tarde, mientras volvía caminando del colegio, algo lo distrajo: un árbol frente a una casa vieja.
Una de sus ramas colgaba torcida, como si hubiera sido quebrada pero no caído del todo.
Damián se detuvo.
Era la misma forma que el árbol de su sueño.
Exacta.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Cruzó la calle. Se acercó.
Bajo la rama torcida, había un banco de plaza de cemento. En él, una mujer sentada. Mayor, de rostro firme. No lo miraba.
Pero cuando él se detuvo a observar el árbol, la mujer habló sin levantar la cabeza:
—Sabías que ibas a venir.
Damián no respondió.
—No tengas miedo —dijo ella, ahora sí mirándolo—. Esto apenas empieza.
—¿Qué empieza?
—Tu memoria. La verdadera.
Damián dio un paso atrás.
—¿Quién sos?
La mujer sonrió. Su sonrisa era suave, como si le hablara a un niño que aún no entendía el juego.
—La rama solo se tuerce si está lista para volver a crecer.
Damián parpadeó.
Y entonces, sin explicación, la mujer ya no estaba.
El banco vacío.
La calle igual que siempre.
El árbol… intacto, sin rama rota.
El corazón le retumbaba en el pecho.
Corrió hasta su casa, subió a su cuarto y abrió el cuaderno.
La frase había desaparecido.
Solo la hoja en blanco.
Pero en su interior, algo se había movido.
No era un error. No era imaginación.
Las grietas en el día empezaban a abrirse.
Y Damián, por primera vez, quería cruzarlas.
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Editado: 16.01.2026