Damián no dijo nada durante el almuerzo.
Ni a su madre, ni a su hermana, ni a nadie.
Pero esa misma tarde, en el recreo, se acercó a Tomás mientras él pateaba piedritas en el patio.
—Necesito mostrarte algo.
Tomás arqueó una ceja.
—¿No es demasiado temprano para hablar como un viejo brujo?
—No estoy jodiendo —dijo Damián, serio—. ¿Te acordás del árbol torcido que soñé?
—¿El del otro día?
Damián asintió. Abrió su cuaderno, buscó entre las hojas sueltas. Estaba en blanco, como siempre. Pero en una hoja doblada dentro de la tapa, había dibujado el árbol con la rama caída. Lo había hecho al llegar a casa, de memoria.
Lo mostró.
—Lo vi ayer. Igualito. Y había una mujer… me habló. Y después desapareció.
Tomás miró el dibujo. Algo se le tensó en la mandíbula. No dijo que no le creía. Pero tampoco habló enseguida.
—¿Querés volver a ese lugar?
—Sí.
—Vamos después de clase.
El árbol seguía ahí, por supuesto. Pero la rama no estaba torcida. Todo parecía normal.
—¿Y si fue un sueño dentro de un sueño? —preguntó Tomás.
—No lo fue. Yo lo sentí. Y mirá esto.
Damián tocó la corteza del tronco.
Un pequeño punto en la superficie comenzó a brillar débilmente. Como si respirara luz.
Tomás retrocedió.
—¿Qué mierda fue eso?
Damián no tenía respuesta. Solo sabía que estaba conectado.
—No sé. Pero algo está pasando. Y no es solo en los sueños.
Ambos se giraron al oír pasos. Una figura menuda se acercaba por la vereda.
—¿Qué hacen ustedes acá?
Era Emilia.
Con su mochila colgando de un solo hombro, se quedó parada a unos metros, mirándolos como si acabara de leerlos por dentro.
—¿Nos estás siguiendo? —preguntó Tomás, algo incómodo.
—Vi cómo se fueron. Y también vi ese dibujo, Damián. Lo sacaste del cuaderno antes del recreo.
Damián tragó saliva.
—¿Vos… sabés algo?
Emilia se acercó.
Y con un gesto rápido, sacó de su bolsillo una piedrita triangular, pulida, que brillaba con un tenue fulgor azulado.
—Yo también soñé con ese árbol. Hace años. Y este me lo dio alguien… que ya no está.
Los chicos la miraron como si acabaran de ver el cielo abrirse.
—No están locos —dijo Emilia, con voz firme—. Pero tampoco están preparados.
Damián sintió algo encenderse en su interior. No miedo.
Reconocimiento.
Por primera vez, no era él solo.
No era solo su mente.
Algo más grande se movía.
Y ya no era solo él quien lo percibía.
#662 en Fantasía
#118 en Magia
magia aventuras accion viajes fantacia, autismo amor familia amistad, fantasía épica mágica
Editado: 16.01.2026