Esa noche, no pudieron esperar.
Emilia los citó en la esquina del viejo club cerrado hace años, donde la maleza había crecido y las ventanas estaban cubiertas de polvo. Era un lugar que ya no existía para la mayoría. Pero ella parecía saber exactamente por qué ir ahí.
—Antes de que cerraran esto —dijo Emilia mientras rodeaban el alambrado oxidado—, mi abuelo me traía acá. Decía que debajo del edificio había algo más viejo que el club. Una especie de santuario... o pozo de deseos, según quién lo contara.
—¿Y qué tiene que ver con el árbol? —preguntó Tomás.
Emilia sacó la piedrita azul de su bolsillo.
—La luz que emite… se activa cuando estoy cerca de algo. Como una llave. Y hoy en el aula se encendió mientras vos, Damián, hablabas de tu sueño.
Damián tocó la corteza de la memoria. Todo le resultaba real, como si no hubiera distancia entre los mundos que soñaba y el que pisaba.
Empujaron una puerta trasera. Oxidada, pero no cerrada.
El interior olía a abandono: humedad, madera podrida, ecos de gritos antiguos en una cancha vacía.
Pero Emilia los llevó más allá, por un pasillo sin luces, hasta una trampilla escondida bajo una lona deshecha.
—Acá.
La levantaron. Una escalera descendía a la oscuridad.
Damián sintió un tirón en el pecho. Como si algo conocido lo llamara.
—¿Seguro que…?
—No hay vuelta atrás, ¿no? —dijo Tomás, tratando de sonar valiente.
Bajaron.
El aire se volvió más denso. Las paredes eran de piedra, toscamente talladas, cubiertas de símbolos.
Uno de ellos brillaba: un círculo incompleto, con una espiral en el centro. Damián se detuvo frente a él.
—Este… lo vi en el cuaderno. En la hoja que desapareció.
Emilia acercó la piedrita. Al hacerlo, la espiral emitió un pulso suave, como un corazón latiendo.
Entonces, la pared tembló.
Y una parte de ella… se abrió.
No como una puerta. Más bien como si la piedra se replegara hacia adentro, revelando una cámara circular. Dentro, no había muebles ni objetos.
Solo un árbol tallado en la roca, del suelo al techo, de proporciones exactas al que Damián había soñado.
Sus ramas se extendían hasta tocar cada rincón del espacio.
Y bajo él, grabado en el suelo, una frase en un idioma que ninguno reconocía.
Pero Damián sí lo entendió.
—“Donde la rama se quiebra, la memoria despierta.”
Los otros lo miraron, sorprendidos.
—No sé cómo lo leí —dijo, estremecido—. Solo… lo sé.
El árbol tallado tenía una grieta en una rama.
La misma que había soñado.
Y de esa grieta… brotaba una luz.
Emilia se arrodilló frente al grabado.
—Este no es un lugar cualquiera.
—Es un umbral —dijo Damián.
Y en ese momento, los tres lo sintieron.
Algo más los observaba desde dentro de la piedra.
El misterio ya no era solo un eco en sus sueños.
Ahora era una presencia despierta.
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Editado: 16.01.2026