Al día siguiente, Damián se despertó antes que el despertador.
El corazón latiéndole fuerte, pero no por una pesadilla.
Había tenido un sueño lúcido. Estaba en la cámara del árbol otra vez, pero el árbol respiraba. Y le hablaba. No con palabras, sino con pensamientos.
Cuando abrió los ojos, pudo oír una voz nítida en su cabeza:
—¿Qué vas a hacer con el don que te fue dado?
Se incorporó, sudando.
Miró su cuaderno.
Una hoja estaba abierta, y escrita con su propia letra:
“Tu mente ya no es solo tuya.”
Tomás rompió una puerta del colegio sin querer.
No fue literal… pero casi. La empujó como siempre y el picaporte saltó del marco con un crack seco. Varios alumnos lo miraron.
Él se quedó quieto, asustado.
No se sentía más fuerte, pero algo había cambiado. Tenía un pulso constante en las manos, como energía contenida.
Más tarde, en la clase de educación física, le tocó hacer una carrera de resistencia.
Corrió como si no tuviera peso.
Cuando terminó, no jadeaba.
—¿Qué me está pasando? —le dijo a Damián durante el recreo.
Damián lo miró con los ojos entrecerrados.
—No lo digas en voz alta… pero creo que escucho tus pensamientos.
Tomás lo miró con pánico.
—¿Qué?
—Probá pensar en algo claro, como una frase fuerte.
Tomás frunció el ceño. Damián parpadeó.
—¿“Sos un nabo”? En serio… —dijo Damián, sonriendo por primera vez.
Tomás se quedó boquiabierto.
Emilia, por su parte, sintió lo suyo de forma más sutil.
Su hermana menor se había cortado con una tijera.
Fue un accidente tonto, pero sangraba bastante.
Emilia corrió a ayudarla, le apretó la mano.
Y entonces… la herida se cerró frente a sus ojos.
Su hermana no se dio cuenta, solo dijo: “Ya no me duele”.
Pero Emilia sí lo vio. Y lo sintió. Como si algo hubiera salido de dentro de ella, como una calma que brotaba y tejía con hilos invisibles.
Más tarde, los tres se encontraron en el banco bajo el árbol real, el que primero vio Damián.
—Esto no es una coincidencia —dijo Emilia—. La cámara… nos activó.
—¿Y ahora qué? —preguntó Tomás, tocándose el brazo, donde aún sentía una presión inusual.
—Ahora tenemos que entenderlo —dijo Damián—. Porque si esto vino de algún lugar… también puede tener un propósito.
El viento sopló entre las ramas.
Y por un segundo, los tres se sintieron conectados.
Como si pudieran oírse sin hablar.
Sentirse sin tocarse.
Ser parte de algo más.
Pero al fondo del parque, alguien los observaba desde la sombra de un portón.
Una figura que no debería haber estado ahí.
Y que también conocía el símbolo del árbol.
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Editado: 16.01.2026