Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 17: Límites borrosos

La normalidad empezó a volverse… frágil.
Damián lo notó en clase, cuando se distrajo mirando a la profesora y, sin querer, captó una imagen fugaz de su mente: un recuerdo íntimo, doloroso, de una discusión con su madre enferma. Damián apartó la vista, abrumado. No quería saber eso.
Pero la imagen quedó pegada como una hoja húmeda en su cabeza.
A la salida, intentó no mirar a nadie a los ojos.
Ni a los pensamientos.
Tomás empezó a tener problemas con el control.
Un compañero, Lisandro, le hizo un chiste pesado en el recreo. Tomás, impulsivo, lo empujó.
Pero no fue un empujón normal.
Lisandro voló casi dos metros y cayó de espaldas, sin aire. No se rompió nada, pero se hizo un chichón que sangraba.
La directora lo llamó a la oficina. Otra vez.
Tomás no supo qué decir.
Y peor: por primera vez, se sintió peligroso.
Emilia descubrió que su poder no solo funcionaba con heridas.
También calmaba emociones.
Su madre tenía una crisis de ansiedad frente a ella. Emilia, sin pensar, le tocó la mano y murmuró: “Estoy con vos”.
Su madre se tranquilizó de inmediato.
Demasiado rápido.
Como si algo dentro de ella hubiese sido apagado.
Emilia se sintió útil.
Pero también… culpable.
¿Qué pasaba si lo usaba sin permiso?
¿Dónde terminaba la ayuda y empezaba la manipulación?
Cuando se reunieron en el parque, había una tensión nueva entre ellos.
—Siento que mi cabeza no tiene paredes —dijo Damián, rascándose la sien—. A veces escucho cosas que no quiero. Que no debo. Y no puedo callarlas.
—Yo casi mato a un chico sin querer —dijo Tomás con la voz ronca—. Esto no es un poder, es una bomba.
—Y yo… me pregunto si lo que hago realmente ayuda, o si estoy forzando algo que no debería tocar —susurró Emilia.
El silencio entre ellos se volvió denso.
Cada uno miró sus manos. Sus propios límites.
La carga de ser diferentes, de haber cruzado algo que ya no podían desandar.
Pero entonces, Emilia levantó la vista.
—No estamos solos.
—¿Eh?
—No me refiero a nosotros.
Me refiero a que si esto nos cambió… puede haber otros. O algo más. Alguien que lo sepa.
Y si no aprendemos a manejarlo nosotros… ellos podrían hacerlo.
Los tres se miraron.
Damián apretó su mochila contra el pecho.
Dentro, su cuaderno se había abierto solo.
Una nueva hoja, recién escrita, que ninguno recordaba haber anotado:
“Toda semilla que crece en la oscuridad… busca la luz, o se retuerce.”
Y no recordaban haberla escrito.
Ninguno de los tres.




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