Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 20: Lo que nadie recuerda

Las primeras horas del sábado encontraron a los tres caminando hacia la Biblioteca Municipal, una antigua casona colonial encajada entre edificios modernos. Adentro, todo olía a papel viejo, a humedad y a secretos que nadie preguntaba.
Emilia había conseguido una llave gracias a su madre, que trabajaba en Cultura.
Damián traía el cuaderno.
Tomás, un termo con café y la advertencia: "Si hay algo ahí, lo encontramos hoy."
Buscaron en secciones de historia local, informes escolares antiguos, registros de censos.
Nada decía Fragmentados. Nada decía Nodo.
Hasta que Damián abrió un volumen polvoriento llamado "Crónicas del Río Turbio (1912–1968)".
Casi al final, leyó:
“En 1949, se cerró de manera definitiva el Hogar San Ignacio tras una serie de incidentes inexplicables: desapariciones, episodios violentos y el rumor de que algunos internos mostraban habilidades antinaturales. El expediente fue sellado. La mayoría de los registros, destruidos. Solo se conserva una lista de nombres del personal y los pacientes en su último año.”
—¡Mirá esto! —exclamó, llamando a los otros.
En la lista de pacientes, uno de los últimos nombres era:
Anuar Gómez (13 años)
Se miraron los tres.
—Es él —susurró Emilia.
Pero lo que los congeló no fue solo eso.
En la lista del personal aparecía otro nombre:
Olmos, Cecilia — Asistente administrativa.
—¿La bibliotecaria? —preguntó Tomás—. ¿La señora Olmos?
Damián asintió. El corazón le latía con fuerza.
—Ella sabía. No era casualidad que ese libro estuviera ahí. Y seguro no es casualidad que nos esté ayudando.
Volvieron a revisar el libro. Encontraron una fotografía en blanco y negro del personal del Hogar San Ignacio.
En una esquina, una mujer joven con la mirada fija en la cámara.
El gafete colgando decía “C. Olmos”.
Era ella.
Más joven, pero idéntica.
—¿Cuántos años tiene esta mujer…? —murmuró Emilia.
—O está protegida por el mismo poder que nosotros —dijo Damián—. O es algo más.
Tomás frunció el ceño.
—¿Y si es una Fragmentada también? ¿O una guardiana?
Siguieron buscando, con los nervios a flor de piel.
En otro cuaderno, un recorte de periódico:
“Misteriosas luces sobre el Río Turbio – Octubre de 1949” “Vecinos del barrio Alto reportaron haber visto destellos inexplicables en la zona del antiguo Hogar. Algunos hablan de niños desaparecidos. La policía no encontró pruebas. El caso fue cerrado sin resolver.”
Cerraron los libros. El silencio se volvió espeso.
—Todo esto pasó acá —dijo Damián—. En nuestra ciudad.
—Y nadie lo recuerda —agregó Emilia—. Lo borraron.
Tomás golpeó la mesa suavemente con el puño.
—Entonces lo que nos pasa… ya pasó antes.
—Y no todos sobrevivieron —dijo Damián.
Guardaron copias, notas, fotos.
Y esa noche, Damián escribió una última pregunta en el cuaderno:
—¿Dónde están los demás Fragmentados?
La respuesta llegó más rápido que nunca:
“Uno vive cerca.
Otro duerme.
El último… ya no es uno de ustedes.”
Y en la parte inferior, por primera vez…
un símbolo nuevo.
Era el mismo espiral de los tres ojos, pero uno estaba tachado.




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