La biblioteca estaba cerrada al público el domingo.
Pero Emilia tenía la llave. Otra vez.
El aire adentro era más denso que nunca.
Como si el edificio ya supiera lo que iba a pasar.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Tomás.
—Ella sabía quién era Anuar —dijo Damián—. De alguna forma… ella ha estado esperando esto.
Llegaron hasta la oficina del fondo.
Puerta cerrada. Luz encendida por debajo.
Damián golpeó suavemente.
Una voz serena respondió:
—Pasen.
La Señora Olmos estaba sentada, con un libro abierto y una taza de té intacta.
No parecía sorprendida.
Los observó uno a uno, con una mirada que no juzgaba, pero lo entendía todo.
—Así que ya recuerdan —dijo, cerrando el libro—. Tardaron menos de lo que pensaba.
Tomás se adelantó.
—¿Quién sos? ¿Qué sos?
Ella sonrió, cansada.
—Soy solo alguien que eligió quedarse. Cuando todo se desmoronó, cuando los Fragmentados fueron dispersados, yo hice una promesa.
—¿A quién? —preguntó Emilia.
—A Anuar.
Damián sintió un nudo en la garganta.
—¿Lo conociste?
—Era un chico como vos —respondió ella, mirándolo directo—. Especial. Asustado. Pero también brillante. Como todos ustedes.
Se levantó y fue hacia una estantería secreta, detrás de un mueble.
Sacó una caja de madera oscura.
Dentro, papeles amarillos, fotografías, dibujos, mapas.
—Después de la caída del Nodo, lo poco que quedó fue borrado, ocultado. Me convertí en custodio de lo que nadie debía recordar… hasta que alguien volviera a abrir la conexión.
—¿Qué es el Nodo? —preguntó Damián.
—Un punto donde la realidad se adelgaza. Donde lo que somos, lo que fuimos y lo que podríamos ser… se cruzan. Anuar lo abrió sin entenderlo. Ustedes lo han hecho también. Por eso los fragmentos han vuelto.
Tomás apretó los puños.
—¿Y por qué nosotros? ¿Por qué ahora?
—Porque ustedes llevan la marca. Desde que nacieron. El trauma, la sensibilidad, el aislamiento... no son debilidades. Son puertas. Y ustedes... no las cerraron.
La señora Olmos los miró con ternura.
—No están enfermos, chicos. Están despiertos.
Silencio. Emilia tenía los ojos húmedos.
Damián preguntó:
—¿Cuántos más hay como nosotros?
—No muchos. Algunos murieron. Otros eligieron olvidar. Pero uno vive aún en esta ciudad. Uno más… está perdido. Y el último… se ha oscurecido.
—¿Oscurecido? —repitió Emilia.
La bibliotecaria no respondió. En cambio, les tendió un sobre.
Dentro, una copia de un registro escolar de 2003.
Un alumno con una calificación sobresaliente en “Percepción avanzada”. Escuela Experimental El Molino.
Nombre: Bruno M. Reynoso.
—Él sigue aquí. Es... el primero que deben encontrar.
Y cuidado —agregó, con un leve temblor en la voz—. No todos los Fragmentados quieren recordar.
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Editado: 16.01.2026