Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 22: Ruido en la conexión

No hablaron mucho al salir de la biblioteca.
El cielo estaba encapotado, el aire denso, como si las nubes también supieran que algo se había roto o reconfigurado. Caminaron en silencio hasta el parque viejo, donde solían ir de niños.
Se sentaron en una mesa de piedra bajo un árbol seco.
El cuaderno de Damián temblaba apenas dentro de su mochila, como si quisiera salir por sí solo.
Tomás rompió el silencio:
—Así que... ¿nacimos para esto?
Nadie respondió.
—¿Y si no quiero ser “especial”? —insistió, más fuerte—. ¿Y si solo quiero tener una vida normal? Jugar al fútbol, pelearme con mi viejo, salir con alguien… No andar viendo cosas raras o sintiendo que puedo tirar abajo una puerta sin querer.
—No sos el único que está asustado —respondió Emilia—. Pero lo que tenemos no es una maldición.
Tomás la miró, los ojos cargados.
—¿No? Porque a mí me duele. El cuerpo. Como si algo me desgarrara cada vez que me enojo. Como si mi sangre ardiera. ¿Y sabés qué? Me cuesta no enojarme.
Damián sintió un eco de eso. Pero no en su cuerpo: en su cabeza.
Desde que salieron de la biblioteca, voces lejanas le susurraban. No voces reales, sino intenciones.
Podía sentir lo que los otros pensaban, lo que no se decían.
—Ella no entiende. Él tiene miedo de sí mismo. Y vos, Damián… vos te estás rompiendo y ni siquiera lo notás.
Damián apretó los dientes.
—¡Basta! —dijo en voz alta, sin querer.
Emilia lo miró.
—¿Qué?
—Nada, lo siento —murmuró.
Tomás lo miró fijo.
—¿Estás… escuchándonos?
Damián no respondió.
—¿O leyéndonos la mente?
—No puedo evitarlo —dijo, bajo—. No todo. Solo cuando están cerca. Cuando gritan por dentro.
Tomás se paró de golpe.
—¿Y desde cuándo? ¿Cuánto hace que sabés lo que pienso y no dijiste nada?
—¡No es así! —respondió Damián—. No es un poder que controlo. Es como… como si lo sintiera todo de golpe. Lo que ustedes piensan, lo que sienten, incluso cosas que ni ustedes saben.
—¡¿Y no dijiste nada?!
—¡¿Y vos sí, Tomás?! ¿Cuántas veces ocultaste que tenías miedo? ¿Cuántas veces te hiciste el duro mientras te dolía todo por dentro?
Un silencio tenso.
Emilia intentó intervenir.
—Chicos, por favor…
Pero algo la sacudió.
Un zumbido en el pecho.
Una ráfaga de luz cálida le recorrió las manos.
—Ay…
Levantó la palma. Su piel brillaba, suave, como si la energía fluyera a través de ella.
—Yo también estoy cambiando —dijo Emilia, asustada pero firme—. Siento cosas… antes de que pasen. Como si pudiera anticipar el daño. Curar no es solo física… es emocional también. Puedo calmar… o herir si quiero. Y eso me asusta.
Los tres se miraron.
Adolescentes perdidos en algo demasiado grande.
Cansados. Abiertos. Vulnerables.
Damián cerró los ojos y se concentró. El cuaderno seguía vibrando en su mochila, como un animal ansioso.
No lo abriría hoy. No aún.
Primero tenían que entenderse entre ellos.
Volver a confiar.
—Estamos en esto juntos —dijo, al fin—. Pero necesitamos reglas. Espacio. Y sinceridad.
O esto va a rompernos.
Tomás bajó la mirada.
Asintió, despacio.
Emilia suspiró.
—Entonces el primer paso… es no esconder más nada.
Y por primera vez desde que todo comenzó, hicieron algo humano.
Se abrazaron.
Los tres.
Sin poderes. Sin respuestas.
Solo como chicos perdidos… que al fin sabían que no estaban solos.




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