El lunes por la tarde, con el sobre amarillento en las manos y un nombre repitiéndose como eco en sus mentes, los tres caminaron hacia el barrio del Molino, donde antiguamente funcionaba una escuela experimental.
La ciudad parecía distinta ahora.
No más escenario… sino mapa.
—Bruno M. Reynoso —repitió Emilia, mientras revisaba el sobre—. Según esto, asistió a esta escuela hasta el 2004. Luego, nada. Ni registros públicos, ni redes, ni dirección fija.
—¿Y si está muerto? —preguntó Tomás.
—O escondido —dijo Damián—. Como nosotros, pero desde antes.
El edificio del viejo colegio El Molino seguía en pie, aunque clausurado desde hacía años. Ventanas rotas, grafitis en los muros, árboles creciendo donde antes hubo patios.
Pero cuando pasaron el portón oxidado, algo los detuvo.
Una sensación.
No miedo.
Otra cosa.
Familiaridad.
—¿Lo sienten? —murmuró Damián.
Tomás asintió. Emilia se estremeció.
Avanzaron por un pasillo de baldosas rotas hasta una sala vacía. Un aula sin bancos. Solo una silla, al fondo.
Y en la pared, pintado con tinta negra:
“Los Fragmentados no mueren. Cambian.”
Damián se acercó a la silla. Había un papel doblado.
Lo abrió.
Adentro, un dibujo hecho a mano: tres figuras con halos partidos… y una cuarta, más grande, con los ojos vendados y una cicatriz en el pecho.
Detrás, un mensaje:
“Si encontraron esto, ya me están buscando.
Pero no soy quien creen.
Y no todos los Fragmentados quieren ser hallados.”
– B.
—Nos está evitando —murmuró Emilia.
Tomás dio una vuelta, examinando las paredes. Notó un patrón de líneas pintadas en los bordes, casi imperceptibles. Como si alguien hubiera hecho marcas para guiarse en la oscuridad.
—Esto es reciente —dijo—. Bruno viene seguido.
—¿Y si está observándonos ahora mismo? —preguntó Damián, en voz baja.
Se produjo un leve zumbido. No en el aire, sino en sus cuerpos.
Como un escalofrío interno.
Y entonces, una voz suave en la cabeza de Damián:
“Aún no están listos para encontrarme.
Pero pronto…”
Se giró de golpe.
Nada.
Solo el viento.
—¿Qué pasa? —preguntó Emilia.
—Nos habló —dijo Damián—. Solo a mí. Está cerca, pero no quiere que lo veamos todavía.
Tomás frunció el ceño.
—¿Y qué dijo?
—Que no estamos listos.
Se miraron. Ya no eran los mismos chicos de días atrás.
Ahora sabían que alguien más los vigilaba.
Alguien como ellos.
Pero más viejo.
Más herido.
Y tal vez… más peligroso.
Salieron del edificio en silencio. El dibujo seguía con ellos, como una advertencia.
Damián sintió que algo más lo esperaba en ese lugar, enterrado entre los escombros del pasado.
Y por primera vez desde que empezó a cambiar, deseó poder ver más allá de lo que su mente alcanzaba.
Porque algo oscuro se acercaba.
Y Bruno… no era el único Fragmentado que rondaba la ciudad.
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Editado: 16.01.2026