Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 25: El Nombre Roto

El contacto con la pintura dejó a Damián tirado en el suelo del galpón. Emilia corrió a sostenerle la cabeza. Tomás, instintivamente, apretó la piedra negra como si su fuerza pudiera protegerlos.
—¡Damián! ¿Estás bien?
Pero Damián ya no estaba ahí.
Su cuerpo permanecía inmóvil, los ojos abiertos y fijos.
Pero su mente…
…había sido arrastrada.

El mundo alrededor cambió.
Ya no era el galpón ni la noche.
Estaba en un campo abierto, bajo un cielo rojo y agrietado.
Frente a él, una torre ennegrecida que se alzaba como un dedo acusador hacia el firmamento.
Y al pie de la torre, hombres de túnicas oscuras entonaban cánticos en una lengua que Damián comprendía sin haber aprendido.
“Anuar… el que despertó sin ser llamado.
El que ve sin ojos.
El que atraviesa los velos.
El que Fragmenta.”
Los rostros de los hombres estaban cubiertos. Solo uno mostraba su cara:
Un joven con ojos como carbones encendidos y una cicatriz profunda en el pecho.
Bruno.
Pero no era Bruno adolescente.
Era un reflejo de lo que sería.
El joven alzó una mano, y de la torre emergió una sombra.
No tenía forma fija.
Era humo, era fuego, era voz.
Y habló.
“Yo no pedí nacer.
Yo fui invocado.”
Damián sintió que esa frase no era de un enemigo.
Era de alguien roto.
Alguien como él.
Entonces, la torre explotó en luz.
Y en medio de ese destello, una palabra se grabó en su mente con fuego:
“Anuar”
No es un nombre.
Es una advertencia.

Despertó de golpe.
Jadeando.
Emilia tenía lágrimas en los ojos.
Tomás, preocupado, sostenía su brazo.
—¿Qué viste? —preguntó Emilia.
Damián tragó saliva. No podía aún ponerlo en palabras, pero lo intentó.
—Anuar no es una persona… o no lo fue siempre.
Es una fuerza que alguien liberó.
Y ahora está… incompleta.
Fragmentada.
Tomás palideció.
—¿Como nosotros?
Damián asintió.
—Pero nosotros fuimos hechos para contener. Él fue hecho para romper.
Miró la palabra pintada en la pared.
Ya no era un enigma.
Era una advertencia, como la voz dijo.
Emilia, en voz baja, agregó:
—Entonces si Bruno está conectado a esto… ¿fue parte del ritual?
—O fue la víctima —dijo Damián.
Silencio.
Solo el viento entre las chapas del galpón, silbando como un susurro de otro tiempo.
Por primera vez, Damián no sintió miedo.
Sintió propósito.
El cuaderno, los sueños, los símbolos… no eran un castigo.
Eran un llamado.
Y ahora sabía a quién pertenecía esa voz que lo guiaba desde el inicio.
A alguien que quiere repararse.
A alguien que, quizás, todavía puede elegir.
A Anuar.




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