Fue en el silencio de la mañana siguiente que Damián, aún aturdido por la visión, hojeó el cuaderno. Ya no necesitaba buscar las respuestas: ellas venían a él.
En la penúltima página, apareció un mapa dibujado con una línea roja que cruzaba parte del centro de la ciudad.
Un trazo tan sutil que parecía haber estado ahí desde el principio, esperando ser notado.
Al final del trazo, una palabra, casi borrada:
Archivo.
—¿Un archivo? —preguntó Emilia, mientras recorrían el mapa—. ¿Del municipio?
—No. —Damián señaló el punto exacto—. Es la biblioteca vieja. La que está cerrada desde el incendio.
Tomás frunció el ceño.
—¿Esa que se quemó en el '99? ¿No quedó en ruinas?
—Sí —dijo Damián—. Pero abajo... hay algo más.
No sabían cómo lo sabía.
Pero confiaban en él.
Lo seguían.
Esa tarde, aprovecharon que la reja estaba parcialmente rota por un derrumbe.
Entraron por una puerta lateral con linternas en mano.
El interior de la biblioteca estaba cubierto de polvo y olor a humedad vieja.
Los libros chamuscados seguían en estanterías deformadas.
Pero lo que Damián buscaba… no estaba a la vista.
Fue al fondo, detrás del antiguo mostrador.
Apartó una estantería caída.
Y ahí, bajo una alfombra ennegrecida por el hollín, estaba la trampilla.
Una vieja tapa de hierro con un símbolo que todos reconocieron al instante:
el Fragmento dividido, el mismo que apareció en sus visiones.
Tomás la abrió de una patada.
Un viento frío subió desde abajo.
Oscuro. Intacto.
Y vivo.
Bajaron por una escalera de caracol.
Las paredes estaban cubiertas por escrituras antiguas, en una lengua que Damián apenas podía comprender.
—Acá fue —dijo con voz baja—. Acá intentaron contener a Anuar.
O... dividirlo.
Llegaron a una cámara subterránea.
En el centro, una plataforma de piedra.
Alrededor, seis asientos vacíos en forma de media luna.
En la pared opuesta, un mural:
Seis figuras con los ojos vendados, tocando una esfera de luz.
Y desde esa esfera… una grieta.
Una figura emergiendo.
Mitad sombra, mitad niño.
—Esto es más viejo que Bruno —susurró Emilia—. Esto fue antes. Mucho antes.
Tomás caminó alrededor del altar.
—¿Y si... fuimos hechos para arreglar lo que ellos rompieron?
Damián tocó la piedra central de la plataforma.
En ese instante, la sala entera pareció respirar.
Las paredes vibraron.
Y una voz lo invadió.
“Me dividieron para protegerse.
Pero no borraron el eco.
Ese eco... son ustedes.”
Damián retrocedió. Emilia lo sostuvo.
—¿Qué dice?
Él alzó la vista.
—Dice que… no somos los primeros Fragmentados.
Somos los últimos.
Y estamos hechos con partes de algo... que no debía ser tocado.
Una luz se encendió en una de las paredes.
Un nombre.
BRUNO.
Y debajo, seis espacios más…
Tres de ellos ya iluminados:
DAMIÁN — EMILIA — TOMÁS
Los otros… aún vacíos.
—Hay más como nosotros —dijo Emilia.
—O tal vez… —susurró Damián— todavía no despertaron.
Una grieta sonó en el techo.
Era el pasado queriendo salir.
O el futuro queriendo entrar.
Y en ese instante, en algún lugar fuera del subterráneo…
Bruno abrió los ojos.
Y supo que ya no podía esperar más.
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Editado: 16.01.2026