Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 27: El umbral de Bruno

La noche caía cuando salieron de la biblioteca subterránea.
Damián apenas podía caminar: el contacto con la piedra lo había dejado con la mente abierta como una herida.
Tomás lo sostenía, y Emilia iba adelante, como si esperara que algo —o alguien— apareciera en cualquier momento.
No tardaron mucho.
Apenas doblaron por el pasaje de tierra que bordeaba la vieja estación de tren, una figura los esperaba, de pie junto a un vagón oxidado.
—Hola, Damián —dijo Bruno.
No fue un saludo frío. Tampoco cálido.
Fue como si ya supiera que ese momento llegaría.

Bruno tenía más edad de la que parecía en las fotos.
Su mirada cargaba años que no estaban en su rostro.
Sus ojos… no eran completamente humanos.
—Estás más cerca de la verdad de lo que pensaba —dijo—. Pero no sabés lo que eso significa.
Tomás avanzó con los puños apretados.
—¿Vos sabés qué somos? ¿Por qué tenemos estos poderes?
—No son poderes —respondió Bruno, tranquilo—. Son fracturas. Marcas del desequilibrio que alguien dejó atrás.
Yo fui el primero en fragmentarme… y sigo pagando el precio.
Damián levantó la voz, aún débil.
—¿Anuar está dentro tuyo?
Bruno cerró los ojos.
—Anuar... está en todos. Pero no completo. Está esperando. Dividido. Cada uno de ustedes tiene una parte. Y mientras más cerca estén unos de otros, más despierto se vuelve.
Silencio.
La revelación los dejó paralizados.
—¿Y qué se supone que hagamos? —preguntó Emilia—. ¿Evitarlo? ¿Unirlo?
Bruno los miró, con dolor sincero en la voz:
—Yo no vine a darles respuestas. Vine a darles una elección.
Puedo enseñarles a contenerlo. A resistir el llamado.
Pero si deciden seguir buscándolo, si deciden despertarlo...
—miró a Damián directamente— ...van a perder lo que los hace humanos.

En ese momento, el cuaderno en la mochila de Damián se encendió.
Sin abrirlo, escuchó una frase resonando como un eco:
"Cuando el último Fragmentado recuerde su nombre, el ciclo volverá a empezar."
Damián dio un paso adelante.
—Bruno…
¿Vos recordás tu verdadero nombre?
Bruno titubeó.
Y por primera vez… pareció asustado.
—No.
Y por eso no confíes en mí.

Detrás suyo, la oscuridad se movió.
Una figura delgada, sin rostro, se acercaba por las vías oxidadas.
Una sombra que ninguno de ellos había visto antes.
Bruno giró y se interpuso.
—¡Corran!
Tomás dudó. Emilia lo tomó del brazo. Damián lo miró una última vez.
—¿Volveremos a verte?
Bruno no respondió.
Solo alzó la mano.
Y por un instante, todos sintieron una cosa muy clara:
Él los protegía.
Pero no podría hacerlo por mucho tiempo.

Huyeron.
El eco del encuentro quedó grabado en sus cuerpos como un tatuaje invisible.
Y esa noche, Damián soñó con una puerta.
Negra. Sellada. Viva.
Y del otro lado… su voz.
La de Anuar.
Susurrando:
“Ahora sabés dónde estoy.
¿Vas a abrirme?”




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