Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 28: Ecos de Bruno

El día después del encuentro fue silencioso.
Ninguno de los tres habló demasiado.
Cada uno cargaba con algo nuevo: una emoción, una sospecha… una sombra.
Damián apenas dormía.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Bruno en la vía, frente a esa figura sin rostro.
Lo veía no como un hombre, sino como un faro apagado. Un sobreviviente.
Tenía que entenderlo.
Tenía que saber quién había sido antes de quebrarse.

Emilia fue quien recordó el dato:
—Mi abuela trabajaba en el archivo del hospital municipal.
Ella decía que en los ‘80 hubo un caso de un niño con “manifestaciones sensoriales extraordinarias”.
Nunca lo nombró, pero podría ser él.
Tomás alzó las cejas.
—¿El hospital guarda expedientes tan viejos?
—Si nadie los quemó, sí —respondió Emilia.

Esa tarde, aprovecharon que un tío de Tomás hacía mantenimiento allí.
Conseguieron entrar a los archivos subterráneos.
El olor era penetrante: humedad, polvo y desinfectante.
Buscaron durante horas.
Damián empezó a percibir fragmentos en los papeles antes de leerlos. Como si su mente los anticipara.
Finalmente Emilia sacó un legajo marrón, sin nombre.
Solo un código: Caso F-013 / 1985
Lo abrieron.
Y encontraron fotos. Registros clínicos. Dibujos.
Y una hoja escrita a mano, donde el nombre aparecía por fin:
Bruno Falchi.
Edad: 11 años.
Diagnóstico: disociación perceptiva severa con episodios de clarividencia.

—Escuchen esto —leyó Emilia—:
"Paciente refiere sueños compartidos con otras personas de su entorno. Muestra conocimiento anticipado de eventos, y habla con naturalidad de 'fragmentos de energía' dentro del cuerpo. El paciente asegura haber sido visitado por 'la luz quebrada', que le pidió dividirse para proteger algo que aún no entiende'."
Tomás tragó saliva.
—¿Dividirse?
—Es lo que dijo Bruno —murmuró Damián—. Que fue el primero en fragmentarse. Tal vez... lo hizo por voluntad propia.
Siguieron leyendo.
Descubrieron que Bruno fue trasladado a un instituto psiquiátrico tras una “crisis severa” a fines de 1986.
Pero ahí el archivo terminaba.

De vuelta en la casa de Damián, sentados en su habitación, pusieron los papeles en el suelo.
—¿Y si fue el primero porque eligió serlo? —preguntó Emilia—. ¿Y si esa grieta que vemos en sueños empezó con él?
—¿Y si no fue solo? —dijo Tomás—. El informe dice que sus sueños eran compartidos. Capaz otros niños lo acompañaron… y no todos sobrevivieron.
Damián se quedó mirando el cuaderno, que temblaba levemente.
—Hay algo más.
Abrió la última página.
Un dibujo nuevo había aparecido, hecho en líneas negras como trazos urgentes.
Mostraba a Bruno, más joven.
Y junto a él… una figura femenina de cabello largo, con los ojos tapados.
Damián no necesitó adivinarlo.
—Esta es la mujer del mural.
La que contenía la esfera.
Emilia la miró de cerca.
—Tiene un símbolo en el pecho. Es el mismo que apareció en tu visión.
—¿Creés que ella era... la llave? —preguntó Tomás.
—No —dijo Damián, muy quieto—.
Ella era la guardiana.
Y si está en este dibujo…
—…entonces puede que aún viva —concluyó Emilia.

Esa noche, mientras todos dormían, Damián abrió los ojos de golpe.
Una voz lo despertó.
Era suave, antigua… y femenina.
“Yo vi lo que él no quiso ver.
Y ahora ustedes lo están repitiendo.”
Cuando volvió a dormirse, sintió que una mano invisible le acariciaba el rostro.
Y un nombre se formó en su mente, claro como el fuego:
Naima.




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