Fue Tomás quien lo sintió primero.
Una presión en el pecho. Un malestar seco. Como si el aire se hubiera espesado.
Estaban en la casa de Emilia, repasando los papeles sobre Bruno, cuando la lámpara parpadeó.
Luego se apagó.
Y la temperatura bajó de golpe.
—¿Otra vez una visión? —preguntó Emilia, mirando a Damián.
Él negó. Estaba despierto. Totalmente despierto.
Pero no podía hablar. Su mente estaba… atrapada. Como si algo intentara invadirlo desde dentro.
La primera sombra se deslizó por el rincón de la sala.
No caminaba. No flotaba.
Deslizar era lo más parecido.
Tomás intentó bloquearla. Se adelantó y lanzó un puñetazo…
Pero su fuerza no impactó.
La sombra simplemente lo atravesó, dejándolo jadeando y con los ojos enrojecidos.
—¡No puedo tocarla! —gritó.
Damián escuchaba un zumbido agudo en la cabeza.
Y palabras que no eran suyas:
“Devuélveme el fragmento… o nos llevarás a todos.”
La segunda sombra rodeó a Emilia.
Ella intentó usar su don de curación sobre Tomás, pero su energía se apagaba como una llama sin oxígeno.
—¡No puedo acceder al flujo! ¡Es como si me lo bloquearan!
Una tercera sombra surgió, más grande, con forma semi-humana y ojos vacíos.
Se inclinó hacia Damián.
—Tú eres el núcleo —susurró—. El primero del nuevo ciclo.
Damián gritó. Pero el sonido no salió.
Su mente comenzó a hundirse.
A perderse.
Y entonces…
Luz.
No una luz común. Sino antigua. Orgánica. Como un fuego contenido en cristal.
La sombra chilló. Se contrajo.
Y fue arrastrada hacia atrás como si una fuerza invisible la repeliera.
En el umbral de la casa, una mujer de cabello largo y túnica gris sostenía una esfera luminosa en una mano.
En la otra, un bastón de madera y metal tallado con símbolos.
—No esta vez —dijo con voz firme.
Las sombras retrocedieron, como si la reconocieran. Como si… le temieran.
Con un gesto, la mujer extendió la luz.
Las sombras se evaporaron como niebla al sol.
Tomás cayó de rodillas. Emilia temblaba.
Damián apenas podía respirar.
—¿Quién…? —alcanzó a decir.
La mujer se acercó a él.
Y por primera vez, lo miró a los ojos.
—Mi nombre es Naima.
Fui guardiana del fragmento mayor.
Y ustedes… están despertando sin guía.
Damián intentó levantarse, pero Naima lo detuvo con una mirada suave.
—No intenten usar lo que aún no comprenden.
Las sombras ya saben dónde están.
Y lo que poseen no es poder… es equilibrio roto.
Emilia quiso hablar, pero Naima negó con la cabeza.
—No ahora. Hay mucho que explicar.
Y poco tiempo.
Bruno los preparó lo mejor que pudo, pero aún no conocen el final del ciclo.
Ni lo que ocurrió con el primer Fragmentado.
Tomás la miró fijo.
—¿Quién fue el primero?
Naima suspiró.
—El primero… fue uno de ustedes.
Pero no en esta vida.
Se giró hacia Damián.
—Y vos ya lo empezaste a recordar.
Damián se quedó paralizado.
Dentro de su cabeza, una imagen apareció.
Él mismo.
Pero más alto. Vestido con una túnica blanca.
Sosteniendo una espada fracturada.
Y rodeado de fuego.
Frente a una figura envuelta en oscuridad que lo llamaba por otro nombre:
“Anuar…”
Naima los miró a los tres.
—Prepárense.
No son especiales.
Son ecos de algo que ya ocurrió.
Pero esta vez… la historia aún puede cambiarse.
Y mientras hablaba, la esfera en su mano brillaba más fuerte.
Como si reconociera, uno por uno, a cada Fragmentado.
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Editado: 16.01.2026