Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 30: Lo que habita en cada uno

El lugar al que Naima los llevó no estaba en ningún mapa.
Ni siquiera parecía existir del todo.
Una vieja casona en las afueras, rodeada de árboles curvados como si los años los hubieran hecho inclinarse hacia algo más viejo que ellos. El aire era distinto allí. Denso. Cargado de algo eléctrico y antiguo.
Ninguno de los chicos dijo una palabra durante el trayecto.
Sabían —por fin— que lo que estaban viviendo no era una casualidad.

Dentro, no había muebles normales. Solo alfombras circulares, espejos sin reflejo, libros escritos a mano en idiomas extraños, y símbolos grabados en las paredes que parecían moverse si uno los miraba demasiado tiempo.
—Esto no es magia —dijo Naima apenas entraron—. Es memoria viva. El lugar donde sus dones comenzaron a despertar, antes de que nacieran siquiera.

El entrenamiento no empezó con ejercicios.
Naima les pidió que se sentaran en silencio.
—Cada uno tiene un don. Pero ese don no es una herramienta —explicó—. Es un reflejo de quién son.
Y si no se conocen a ustedes mismos, lo que tienen puede romperlos.
**
Primero fue Tomás.
Naima lo miró y dijo:
—Fuerza no es poder. Es resistencia. ¿Por qué crees que tenés ese don?
—Porque soy el que se enoja —respondió él, bajando la mirada—. El que siempre quiere romper todo.
—No —dijo Naima—. Lo tenés porque sos el que más teme romperse.

Luego vino Emilia.
—Curar duele —le dijo la guardiana—. Porque para sanar a otros, uno primero tiene que ver su dolor. Sin huirle.
—A veces quiero desaparecer —dijo Emilia con lágrimas en los ojos—. Porque siento que no valgo si no estoy ayudando a alguien.
—Y aún así, lo hacés.
Por eso tu don no es una carga. Es un puente.

Por último fue Damián.
—La mente… es un lugar peligroso para vivir todo el tiempo —dijo Naima—. Y vos vivís ahí desde siempre, ¿no?
Damián asintió en silencio.
—Tu telepatía no es leer pensamientos. Es sentir verdades. Y eso no siempre se soporta.
—A veces siento todo junto. Como si no hubiera un “yo”.
Naima se acercó y le tocó el pecho.
—Entonces encontrá tu centro. Porque lo que viene… te va a querer romperlo.

Después, el entrenamiento se volvió más intenso.
Caminar con los ojos vendados en círculos de símbolos.
Entrar en habitaciones con objetos que evocaban recuerdos olvidados.
Meditar en total oscuridad mientras sus dones se activaban solos.

En uno de esos ejercicios, Tomás levantó una piedra enorme sin esfuerzo.
Pero al bajarla, comenzó a llorar sin razón.
—Vi a mi hermano. En una cama de hospital que no recordaba —susurró.
Naima lo observaba sin intervenir.
Sabía que estaban empezando a abrir grietas… necesarias.

Esa noche, Damián tuvo otra visión.
Pero no estaba dormido.
Vio a Naima joven.
Frente a un altar de piedra.
Y detrás de ella, un hombre con ojos oscuros y una capa rasgada.
—No lo detuvimos a tiempo —decía ella—. Ahora… necesitarán volver a intentar sellarlo.
Damián se despertó con una idea en la cabeza.
El ritual fallido nunca se cerró.
Y ellos… eran el nuevo sello.




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