Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 31: El umbral de la grieta

No hubo advertencia.
Solo una frase:
—Hoy cruzarán su primer umbral.
Naima los despertó antes del amanecer. Les pidió que no hablaran, que llevaran lo mínimo y que confiaran en sus percepciones.
—No buscarán respuestas —dijo—. Buscarán el eco de una herida. Algo que se abrió hace años… y no cerró del todo.

Caminaron durante horas hasta las afueras del viejo cementerio de trenes.
El aire olía a óxido y polvo seco.
Los vagones abandonados estaban cubiertos de grafitis antiguos, como cicatrices sobre metal dormido.
—Aquí hubo una manifestación —explicó Naima—. Una brecha. Algo que intentó entrar… o salir.

Cuando llegaron al vagón central, Naima se detuvo.
—No entren como ustedes. Entren como Fragmentados.
Activen sus dones. Pero no luchen contra lo que vean. Observen. Sientan.
Y salgan cuando entiendan lo que eso quiere mostrarles.
Damián tragó saliva.
Tomás apretó los puños.
Emilia cerró los ojos y se preparó.

Entraron.
Y el vagón ya no era un vagón.

Era… una estación sin tiempo.
Había relojes sin agujas colgados en las paredes.
Pasillos que se curvaban.
Personas borrosas caminando en bucles, repitiendo las mismas acciones.
Damián sintió una presión en la mente. Como si pensamientos ajenos lo golpearan a la vez.
—Esto es una grieta mental —murmuró—. Un eco atrapado.

Emilia vio a una niña llorando en un rincón.
Pero cuando se acercó, se dio cuenta de que era ella misma, de más pequeña.
La niña la miró y dijo:
—¿Por qué no te fuiste cuando te necesitaba?
La frase la paralizó. Emilia tembló.
Tomás intervino, tocándole el hombro.
Y justo entonces él lo vio.
A su madre.
Sentada en la cama.
Mirándolo con ojos vacíos.
—No fui suficiente —dijo la imagen.

Las visiones eran personales.
Pero el dolor era colectivo.
Damián lo entendió.
El vagón era una prueba emocional.
Una herida psíquica creada por alguien que no había podido cerrar su ciclo.
—Esto es de Bruno… —susurró—. O de uno anterior.
Un Fragmentado que no logró sostenerse.

Entonces lo sintió.
Una figura al fondo.
Alta. Incompleta. De ojos de humo.
La figura caminó hacia ellos.
—Ustedes… son nuevos.
Pero ya tienen grietas.
La voz era múltiple.
Un eco de muchas personas a la vez.

Tomás se interpuso.
—No venimos a pelear —dijo.
—No. Ustedes vienen a sobrevivirse.
La figura levantó una mano.
Y todo el vagón tembló.

Emilia gritó cuando el suelo se abrió bajo sus pies.
Tomás la sostuvo con una mano.
Damián cerró los ojos.
Y escuchó.
No al ente.
Sino al vagón. Al lugar.
Y dentro de ese murmullo escuchó una palabra:
"Perdónennos."

Entonces comprendió.
—¡No es un ataque! —gritó—. ¡Es un lamento! ¡Este lugar está pidiendo redención!
—¿Qué hacemos? —gritó Emilia.
—¡Sanen lo que ven! ¡Respondan con verdad!

Emilia se arrodilló frente a su versión niña.
—Me quedé. Aunque no supieras. Aunque no me vieras.
La niña sonrió. Y desapareció.

Tomás se acercó a su madre imaginaria.
—No necesitaba ser suficiente. Solo estar.
La figura se disipó.

Damián miró al ente central.
—¿Quién sos?
—Un Fragmentado… que se rompió.
Y con eso… la figura se deshizo como polvo.

Los relojes giraron.
El vagón volvió a la normalidad.
Naima los esperaba fuera.
Seria. Orgullosa.
—¿Qué aprendieron?
—Que nuestros poderes vienen con heridas —dijo Emilia.
—Y que esas heridas… pueden ser pasajes —completó Damián.

Naima asintió.
—Ya están listos para lo que viene.
Porque lo que sigue no es una prueba.
Es la guerra que empezó… mucho antes de ustedes.




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