En algún lugar donde el tiempo no transcurre como aquí, una figura se incorporó lentamente.
Sus párpados eran finos como papel quemado.
Su cuerpo, envuelto en vendas oscuras que palpitaban como venas al aire.
No tenía boca. Solo un símbolo en el rostro: un ojo cerrado.
Y de pronto, ese ojo se abrió.
—Han tocado el umbral.
—Han despertado el eco.
—Y yo… los he sentido.
Damián se despertó esa madrugada con un zumbido en la sien.
No un sueño. No una visión.
Una invasión.
Algo había sentido su mente.
Se levantó, con el pecho agitado.
En la oscuridad de su habitación, su cuaderno empezó a vibrar solo.
Y cuando lo abrió, una única frase se dibujó con tinta negra:
“Ya los vio.”
Al día siguiente, cuando se reunieron con Naima, los tres llevaban los ojos cargados de desvelo.
—¿Lo sintieron? —preguntó Damián.
Tomás asintió.
—Era como si me estuvieran mirando… desde adentro.
—Yo sentí frío —susurró Emilia—. Pero no físico. Era como si me helaran los recuerdos.
Naima los escuchó en silencio. Luego, les mostró un símbolo tallado en piedra: el mismo ojo cerrado.
—Este es el Ojo de Theren. Una entidad de vigilancia. No es una sombra… pero las controla.
Aparece cuando alguien activa una herida vieja.
No ataca al principio. Observa.
Se alimenta de miedo. Y de la duda.
—¿Entonces nos está espiando? —preguntó Emilia.
—Sí. Pero peor aún: les está buscando la grieta.
Esa tarde, mientras intentaban concentrarse en una nueva lección de control energético, Tomás estalló.
—¡No sirve! ¡No me sale! ¡Mi poder aparece cuando quiere!
Golpeó la pared con tal fuerza que la rajó.
—Es justo lo que quiere —dijo Naima, acercándose—. Que se rompan entre ustedes.
El Ojo no ataca con fuerza. Ataca con fracturas.
Esa noche, Emilia sintió que su don curativo fallaba por primera vez: intentó aliviar una herida de su gato y solo lo mareó.
Tomás soñó que sus brazos pesaban como plomo y no podía moverse.
Y Damián…
…soñó que abría la puerta de su casa y, en lugar del patio, había un pasillo de espejos.
Cada espejo lo mostraba diferente: en uno era agresivo. En otro, vacío. En otro, abandonado.
Pero uno… uno no tenía reflejo.
Y desde ahí, alguien lo miraba.
—¿Qué querés? —preguntó Damián.
Una voz sin boca respondió:
“Que veas lo que sos… cuando no sabés quién sos.”
Despertó de golpe. Y por primera vez, sintió miedo de sí mismo.
Cuando se reunieron a la mañana siguiente, sus rostros lo decían todo.
Estaban siendo debilitados lentamente.
Naima los miró con gravedad.
—Ustedes tres deben tomar una decisión.
O enfrentan al Ojo y lo rechazan…
…o este los quebrará sin tocar un solo cabello.
Damián dio un paso al frente.
—Entonces mostremos que no tenemos miedo.
—No es el miedo lo que deben vencer —dijo Naima—.
Es la mentira que se dicen cuando creen que están solos.
Una figura los observaba desde los techos, lejos.
Vestía un saco gris. Tenía la cara oculta por una máscara de espejo.
El Ojo lo había enviado.
Y su misión era simple:
"Descubran quién es el más débil.
Y háganlo dudar de los otros."
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Editado: 16.01.2026