Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 33: El Hombre de la Máscara de Espejo

En el colegio nadie lo notó al principio.
Era solo un "profesor nuevo de apoyo".
Llamado Severo, según la planilla.
Vestía sobrio. Discreto. Voz baja.
Pero tenía unos ojos que no parpadeaban.

—¿Vos viste ese tipo nuevo? —le preguntó Tomás a Damián en el recreo.
—¿Cuál?
—El que se quedó hablando con la directora y después con tu profe de historia.
—No me pareció raro.
—A mí sí. Me miró… como si supiera algo de mí.

En los días siguientes, Severo empezó a aparecer en los márgenes de su rutina:
Caminaba detrás de ellos en los pasillos, aunque fingía otra dirección.
Se sentaba cerca en el comedor sin cruzar palabra.
Una vez, Damián lo vio salir del aula cuando él llegaba, como si hubiese estado revisando algo.

Pero lo más inquietante fue la primera conversación directa.
—Damián, ¿no? —dijo Severo una tarde, al encontrarlo solo saliendo de la biblioteca.
—Sí…
—Te vi en clase de filosofía. Hiciste una observación muy lúcida sobre la identidad.
Damián no recordaba haber dicho nada.
Quizá había sido un pensamiento que no salió en voz alta.
Pero Severo lo sabía.
—A veces uno cree que piensa para sí, y no es así —dijo el hombre, sonriendo sin alegría—. Algunos pensamientos… hacen eco.

Esa noche, Damián soñó con él.
Estaban en un aula vacía. Severo estaba sentado al fondo.
En la pizarra, alguien había escrito:
“Confía en ellos… o sobrevive solo.”

Al día siguiente, Severo habló con Emilia.
Fue durante una reunión por un supuesto “tema académico”.
Pero en mitad de la charla, deslizó:
—Tus amigos… ¿no te esconden cosas a veces?
Emilia frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Solo me pregunto si… ellos valoran todo lo que vos hacés.
Parecés la que sostiene al grupo.
Y le dejó una hoja con un dibujo: tres siluetas. Dos caminaban adelante. Una quedaba atrás.
Esa atrás tenía el símbolo del ojo.

Mientras tanto, Tomás discutía con su entrenador de educación física.
Algo en él se sentía cargado. Como si su fuerza no tuviera contención.
Rompió una red de vóley sin querer. Tiró una puerta.
Y luego encontró una nota en su casillero:
“¿Te das cuenta de que estás hecho para más?
¿Y ellos… te frenan?”

Damián empezó a escuchar sus pensamientos en momentos que no quería.
Escuchó el enojo de Tomás.
La inseguridad de Emilia.
Y algo más: una voz que no era de ellos.
Era Severo, susurrando desde dentro de su mente:
“Estás conectado a todos.
Pero la red se tensa.
¿Sabrás soltarla cuando se rompa?”

En la reunión con Naima, Damián no dijo nada.
Pero Emilia estaba tensa. Tomás evitaba mirarlos.
Y la sensación de unidad se había vuelto porosa.
Naima los miró en silencio.
—El enemigo no siempre golpea. A veces susurra.
Y cuando lo hace bien, ustedes mismos hacen el trabajo por él.

Esa noche, los tres soñaron… con lo mismo.
Un salón lleno de espejos.
Un solo reflejo: Severo, con la máscara en la mano.
Pero detrás de él, ya no había un rostro.
Solo un ojo abierto.

Y del otro lado del sueño, el Ojo observaba…
Y sonreía.




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