Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 34: El Ruido del Silencio

Damián se sentía lleno de estática.
No era tristeza.
No era enojo.
Era como si algo dentro suyo se estuviera desenfocando.

En clase, no podía seguir el ritmo.
Las palabras de los demás eran demasiado rápidas.
Las luces, demasiado brillantes.
El reloj, demasiado lento.
Y cuando Tomás le pidió ayuda para ensayar un movimiento de entrenamiento, él apenas respondió.
—Dami, ¿estás bien?
—Estoy cansado —mintió.

Desde hacía días, Damián sentía que su telepatía lo desgastaba más que antes.
No porque escuchara demasiado.
Sino porque ya no sabía qué voces eran suyas.
“¿Me necesitan realmente?”
“No sé pelear como Tomás.”
“No sé curar como Emilia.”
“Solo escucho cosas… y a veces ni siquiera quiero hacerlo.”

Una noche, durante un entrenamiento, Emilia sanó el tobillo de Tomás tras un mal salto.
Damián observó en silencio.
—¿Y vos? —le preguntó Naima.
Él solo bajó la mirada.
—Yo no sirvo para esto.

Severo apareció en los pasillos al día siguiente.
—A veces, los engranajes defectuosos hacen ruido… hasta que se rompen.
Damián no contestó.
Pero algo en su pecho dolió.
—No es culpa tuya, Damián. Solo naciste en un sistema que no fue diseñado para vos.

Esa frase lo siguió todo el día.
Cuando Emilia lo buscó para repasar lo que habían encontrado en los archivos, él fingió estar ocupado.
Cuando Tomás le propuso entrenar juntos, dijo que tenía que irse temprano.

Esa noche, abrió su cuaderno.
Había una nueva frase escrita sola:
“Ellos brillan.
Vos escuchás el eco.”

Fue al parque solo. Se sentó en la vieja hamaca oxidada.
Y por primera vez desde que esto había comenzado, deseó no tener poderes.
Deseó ser invisible. Silencioso.
Deseó no ser un error.

Pero entonces, algo lo sobresaltó.
Una sombra avanzó desde los árboles.
No tenía forma humana. Era como humo frío, con ojos blancos.
Se acercó flotando, pero no lo atacó.
Solo dijo:
—El que se separa… es más fácil de romper.
Y se desvaneció.

Damián regresó temblando.
No por el miedo.
Sino por la certeza de que se estaba despegando de quienes más lo querían… y eso era justo lo que el Ojo quería.
Pero no dijo nada.
Se fue a dormir… con el rostro vuelto hacia la pared.
Y los pensamientos demasiado ruidosos como para callarlos.




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