Emilia fue la primera en notarlo.
No porque Damián dijera algo.
Sino porque había dejado de decir.
Él, que siempre escuchaba, ahora parecía haberse encerrado en sí mismo.
Y aunque estaba presente… ya no estaba.
—¿Lo notaste también? —le preguntó a Tomás al salir del colegio.
—Sí.
Se queda atrás cuando caminamos.
No opina cuando hablamos de los entrenamientos.
Y cuando le hablo, responde como si no quisiera molestarme.
Esa tarde, decidieron intentarlo.
Primero fue Tomás.
Lo invitó a su casa a jugar a la consola como en los viejos tiempos.
Damián aceptó, pero estuvo en silencio casi todo el tiempo.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Tomás, sin vueltas.
Damián dudó.
—Estoy cansado. Nada más.
—¿Cansado de nosotros?
—No… de mí.
Tomás apretó los labios, frustrado.
Quiso abrazarlo, pero no supo si eso lo ayudaría o lo rompería.
Después fue Emilia.
Le llevó un cuaderno nuevo, con la tapa azul que sabía que le gustaba.
En la primera hoja había escrito:
"Para todo lo que no quieras decir en voz alta."
Damián lo sostuvo entre las manos mucho rato.
No dijo gracias, pero no hacía falta.
Esa noche, escribió en él:
“Siento que estoy desentonando.
Como si fuera parte del grupo por error.
Tomás es fuerte. Emilia cura.
Yo… solo soy un cable suelto.”
Cuando Emilia leyó esas líneas (él se lo permitió), sintió un nudo en la garganta.
—Damián… vos sos el único que puede escuchar cuando ni siquiera sabemos que estamos gritando por dentro.
—¿Y eso de qué sirve?
—De todo. Sin vos, no estaríamos ni cerca de entender lo que nos está pasando.
Tomás llegó más tarde.
Tenía barro en las zapatillas. Viento en el pelo.
—Dami… si te vas, yo no tengo a quién contarle lo que siento sin que me juzguen.
Con vos, puedo decir las cosas… y no me da vergüenza.
Damián no dijo nada al principio.
Pero después, muy bajo:
—¿Aunque a veces me repita… o me bloquee?
—Sobre todo entonces —dijo Tomás.
Esa noche, los tres caminaron juntos por el parque.
No hablaron del Ojo, ni de sus poderes, ni del cuaderno.
Solo del cielo, de la música que escuchaban, de un perro que perseguía su cola.
Y por un rato, Damián no sintió que sobraba.
No sintió que desentonaba.
Sintió que era una nota distinta.
Pero que sin ella, la melodía no sería la misma.
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Editado: 16.01.2026