Esa semana, ninguno mencionó los fragmentos.
Ni los sueños.
Ni las sombras.
Solo fueron chicos, otra vez.
Como si el mundo no estuviera cambiando.
Emilia los invitó a su casa un sábado.
Su madre preparó torta de naranja.
Tomás llevó una pelota.
Damián, su nuevo cuaderno.
Pasaron la tarde entre risas y sol.
—¿Hace cuánto no nos reíamos sin miedo? —preguntó Emilia, tumbada en el pasto.
—Desde que descubrimos que somos parte de una especie secreta de humanos con habilidades mágicas y traumas heredados —dijo Tomás, muy serio, antes de largarse a reír.
Damián rió con ellos. De verdad.
Sin medirlo.
A la noche, jugaron a imaginar qué harían si no tuvieran poderes.
—Yo sería músico —dijo Tomás—. Aunque no sé tocar nada.
—Yo, enfermera o veterinaria —dijo Emilia—. Algo que cure.
—¿Y vos, Damián?
Él lo pensó un momento.
Miró su cuaderno.
—Quizá... escritor.
Alguien que escuche el mundo. Y lo traduzca.
Más tarde, se quedaron los tres mirando el cielo desde la terraza.
Ninguno habló de visiones.
Pero los tres sintieron algo que no se podía explicar.
Una sincronía.
Un silencio lleno de sentido.
Como si, por un momento, sus pensamientos vibraran a la misma frecuencia.
Damián lo sintió más fuerte.
No como un pensamiento ajeno, sino como un eco compartido:
“Así también se lucha. Así también se brilla.”
Antes de dormir, Emilia le tomó la mano a Damián.
—No necesitás demostrar nada, ¿sabés?
Tomás, desde la otra colchoneta, murmuró:
—Ya sos parte. Siempre lo fuiste.
Damián cerró los ojos.
Y esa noche, durmió sin sombras.
Afuera, muy lejos de allí, una figura observaba desde lo alto de un edificio.
Severo frunció el ceño.
Apretó un artefacto metálico en su mano.
—La unión es una amenaza —dijo en voz baja—.
Pero también… su punto más débil.
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Editado: 07.02.2026