Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 37: Cuando el cielo se quiebra

La noche había sido perfecta.
Torta, juegos, confesiones, estrellas.
Pero la paz, en sus vidas, siempre fue efímera.
Como una vela en un cuarto lleno de viento.

Fue Tomás quien primero sintió el temblor.
Una vibración sorda, como si el piso murmurara.
—¿Escucharon eso?
No tuvieron tiempo de responder.
Desde la oscuridad, como humo con garras, surgieron las Criaturas Sombrías.
Ojos de neón.
Cuerpos que parecían hechos de gritos congelados.
Severo apareció después.
De pie sobre la baranda de la terraza vecina.
—Demasiado corazón para tan poca preparación —dijo con voz de eco.

Tomás reaccionó al instante, arrojándose contra una de las criaturas.
Su fuerza aumentada lo volvió imparable… hasta que lo rodearon.
Emilia trató de protegerlo, curando sus heridas en medio del combate.
Damián se paralizó.
Las sombras parecían susurrarle directamente al alma.
Recordándole cada vez que se sintió inútil.
Cada vez que creyó ser un estorbo.
—No... —murmuró, retrocediendo.
—No podés escapar de lo que sos —se burló Severo.
—¡No quiero escapar! —gritó Damián.
Y entonces…
algo estalló dentro de él.

Primero fue un destello.
Como una onda de presión que empujó a las criaturas lejos de Tomás y Emilia.
Después, el aire tembló.
Unos escombros caían directo hacia Emilia.
Y Damián, sin pensar, extendió la mano.
Los fragmentos quedaron suspendidos en el aire, flotando como hojas detenidas por una fuerza invisible.
—¿Telequinesis...? —susurró Emilia, asombrada.
Damián no respondió.
Su cuerpo temblaba.
Sus ojos brillaban como si contuvieran un cielo lleno de rayos.

—¡¡ATRÁS!! —gritó, y un muro de energía invisible se formó entre ellos y las criaturas.
Severo retrocedió un paso, por primera vez sorprendido.
Pero el esfuerzo fue demasiado.
Damián cayó de rodillas.
Luego, al suelo.
Inconsciente.
Las criaturas desaparecieron como humo.
Y Severo se desvaneció entre sombras.

Emilia corrió hacia él.
—¡Damián!
Tomás llegó detrás.
—¿Está…?
—Está vivo —dijo Emilia, tomando su pulso—. Pero… esto lo desgastó por completo.
Lo abrazaron en silencio, sin importar que estuviera desmayado.
Porque entendieron, sin necesidad de palabras:
Damián no era el más débil.
Era el más valiente.

Y esa noche, mientras lo cuidaban, en algún rincón del cuaderno apareció una frase nueva, escrita con tinta que nadie había puesto allí:
“Cada don florece en el dolor.
Pero la unión los hará invencibles.”




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