Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 39: Despertar en el filo

La luz filtrada por la ventana tenía un tono distinto.
Como si el sol no quisiera ser demasiado brillante.
Damián abrió los ojos lentamente.
Todo dolía.
No como un golpe, sino como si su cuerpo hubiese cruzado un incendio por dentro.
Parpadeó.
Reconoció el techo de la casa de Emilia.
El olor a lavanda, a té tibio.
Y entonces la voz:
—¡Chicos! ¡Se despertó!

Emilia entró corriendo, detrás Tomás.
Ambos con ojeras, sonrisas, y un evidente alivio que no disimularon.
—¿Dónde…?
—En mi casa —respondió Emilia, sentándose junto a él—. Te desmayaste después del ataque. Usaste… algo grande.
Tomás asintió, cruzado de brazos, pero con los ojos humedecidos.
—Nos salvaste, Damián. Nos salvaste a los dos.
Damián intentó hablar, pero la garganta no le respondió.
Apenas un gesto.
Un suspiro.
—No hace falta que digas nada —dijo Emilia, tomando su mano.

Durante ese día, todo fue más lento.
Damián se recuperaba.
Tomás vigilaba desde la ventana.
Y Emilia repasaba los símbolos del cuaderno, como si buscar respuestas fuera lo único que la mantenía entera.
La telequinesis no volvió a manifestarse.
Pero la presencia seguía ahí, latente, como un murmullo debajo de sus pensamientos.
Damián no podía explicarlo, pero sentía que algo dentro de él se había desbloqueado.

—¿Y si no puedo controlarlo? —preguntó esa noche, rompiendo el silencio.
—Ninguno de nosotros pudo al principio —respondió Emilia—. Pero lo haremos juntos.
Tomás se acomodó en el sillón, serio.
—Además… tenemos que saber qué era esa cosa. El que dirigía a las sombras. Ese… Severo.
Damián cerró los ojos un momento.
Y vio fragmentos.
Sombras.
Un edificio en ruinas.
Una máscara sin ojos.
—No estaba solo —murmuró—. Había otra cosa con él. Más antigua. Más... peligrosa.
Los tres se miraron en silencio.

Esa noche, antes de dormir, Emilia dejó el cuaderno sobre la mesa.
Una página nueva había aparecido.
Solo tres palabras:
"El Rastro Comenzó."

Y en lo más profundo de la ciudad, bajo tierra, una figura femenina se despertó de su letargo.
Sus ojos eran como vidrio negro.
Y su voz, apenas un susurro:
—Al fin despiertan… los herederos del Vínculo.




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