El domingo amaneció con una bruma espesa sobre los techos de la ciudad.
Un silencio tibio, como si el mundo entero respirara más lento.
Damián, Emilia y Tomás caminaron sin rumbo por el parque viejo.
No hablaban mucho.
No hacía falta.
Cada tanto, Emilia lo miraba.
Damián parecía más liviano.
Cansado, sí, pero sin ese peso oscuro que lo había empujado al aislamiento.
Tomás, en cambio, estaba inusualmente tranquilo.
No hizo bromas, ni buscó pelea.
Solo caminaba junto a ellos, en sincronía, como si el movimiento compartido bastara.
Se sentaron en una banca gastada frente al estanque.
Las hojas caídas flotaban sobre el agua, mecidas por el viento.
—¿Alguna vez pensaron que… todo esto sería real? —preguntó Emilia, casi en un susurro.
—No —dijo Tomás—. Pero si no estuviera con ustedes, probablemente estaría suspendido otra vez o escapando de casa.
—Y vos, Damián… ¿estás bien?
Damián bajó la vista. Pensó su respuesta.
Luego asintió.
—Me siento… parte.
Solo eso.
Y para ellos, fue suficiente.
—¿Y si nos tomamos un día sin magia, sin sombras, sin cuadernos malditos? —propuso Emilia.
Tomás levantó una ceja.
—¿Eso incluye pizza?
—Incluye pizza —dijo ella sonriendo—. Y también al abuelo.
Esa tarde, visitaron a don Ernesto, el abuelo de Emilia.
Un viejo bibliotecario retirado que vivía en una casa repleta de libros, mapas y tazas sin pareja.
Tenía el pelo blanco como la espuma del mate y una mirada que parecía ver más allá.
—Ah… los jóvenes que juegan con la realidad —dijo cuando los vio entrar—. ¿Ya se toparon con los Fragmentados, no?
Los tres se quedaron inmóviles.
—¿Cómo…?
—¿Creen que una biblioteca no guarda secretos más viejos que las piedras? —rió Ernesto—. Su padre —miró a Emilia—, me pidió una vez que escondiera algo. Y nunca más volvió.
Emilia lo miró con asombro.
—¿Mi papá?
Don Ernesto caminó hasta una estantería polvorienta.
Sacó un libro de tapas de cuero.
Dentro, una hoja doblada.
Y dentro de esa hoja… un símbolo tallado en metal.
Damián lo reconoció al instante.
Era igual al que había visto en su visión del ritual fallido.
—Él decía que algún día, tres personas volverían a buscar esto. Y que uno de ellos vería sin mirar.
Tomás tragó saliva.
—¿Qué significa eso?
Don Ernesto sonrió, como quien sabe que los chicos acaban de dar un paso al que no se puede volver atrás.
—Que el juego ya empezó hace mucho. Y que ustedes… son su última jugada.
El silencio volvió.
Pero esta vez, no fue incómodo.
Fue sagrado.
Una pausa verdadera.
Antes del vértigo.
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Editado: 07.02.2026