El símbolo pesaba más de lo que parecía.
No en gramos, sino en historia.
Era metálico, con bordes irregulares y un grabado central que recordaba a un ojo dividido por una línea.
Damián lo sostuvo entre los dedos, y por un momento, creyó oír un susurro.
Una palabra incompleta.
Un nombre: “Yha…”
Y luego nada.
—¿Creés que tiene que ver con tu papá? —preguntó Tomás, mientras Emilia sacaba cuadernos, hojas viejas, y una caja de recuerdos polvorienta.
—Si esto estaba escondido entre sus cosas… —dijo Emilia, sin alzar la vista— entonces no era cualquier hombre.
No solo desapareció… se ocultó.
En los papeles de la caja había notas con fechas, fragmentos de diarios, recortes amarillentos.
Pero un documento llamó la atención de los tres:
“Informe sobre los Anclajes Fragmentados – Caso S-3/ROS.”
Firmado por un tal Dr. Fausto Melian.
Año: 1999.
El documento hablaba de un grupo reducido de individuos con alteraciones perceptuales extremas, capaces de sincronizar experiencias mentales con el entorno físico.
Se los llamaba Anclajes, y su origen no era biológico ni psicológico… sino energético.
—Mirá esto —dijo Emilia, señalando un párrafo—: ‘El tercer sujeto, identificado solo como “E”, parece tener una sensibilidad especial a patrones ocultos, y su conexión con los Fragmentados es más emocional que genética. Su presencia potencia a los demás.’
—¿E de… Emilio? —aventuró Tomás.
—Mi papá… —confirmó Emilia, ahora con voz baja—. Tenía visiones. Cuando era chica me decía que “los ríos del tiempo no siempre fluyen hacia adelante”. Creí que eran cosas de poeta.
Pero ahora… esto…
Damián, aún en silencio, miraba el símbolo sobre la mesa.
Sus dedos temblaban apenas.
Y en su mente, imágenes fugaces:
Una puerta de piedra.
Tinta deslizándose sola sobre un libro.
Un cuervo ciego volando en círculos.
—Hay algo más —dijo él.
Emilia y Tomás lo miraron.
—No es solo un símbolo. Es una llave. Y su forma… cambia cuando la mirás de otra manera.
Tomás giró el objeto, y bajo cierta luz, apareció un grabado oculto: un conjunto de letras en un idioma que no reconocían, pero que a Damián le resultaba inquietantemente familiar.
—No está terminado —murmuró Damián—. Le falta… la otra mitad.
—Entonces, si mi papá tenía esto, tal vez… fue parte de un grupo como nosotros —dijo Emilia, apretando los puños.
Don Ernesto asintió desde la cocina.
—No sólo fue parte. Él los formó.
Y cuando las cosas se salieron de control, huyó para protegerlos.
Pero alguien… alguien sobrevivió a ese final.
Y ahora los está buscando.
El viento golpeó las ventanas con un quejido.
—¿Creés que… Severo era parte del grupo de tu papá? —preguntó Tomás.
—O algo peor —dijo Damián, sin apartar la vista del símbolo—: alguien que vio cómo termina todo… y quiere que se repita.
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Editado: 07.02.2026