Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 42: Donde duerme la otra mitad

El símbolo brillaba con un tono opaco bajo la linterna de Tomás.
Las letras ocultas habían revelado más de lo que esperaban: coordenadas.
Y una frase escrita en espiral:
“Donde la memoria se esconde, la herida sangra en piedra.”
No sabían con certeza qué significaba, pero Don Ernesto recordó un lugar: un viejo sanatorio psiquiátrico cerrado en los años 80, a las afueras de la ciudad.
Según él, Emilio —el padre de Emilia— había trabajado allí unos meses antes de desaparecer.
—Él decía que los muros tenían eco —recordó Ernesto—. Que algunas voces no podían morir aunque los cuerpos se apagaran.

El viaje fue silencioso.
Emilia no hablaba.
Tomás conducía la bicicleta con más cuidado del habitual.
Damián, en el asiento trasero del colectivo, observaba la ventanilla como si esperara ver algo en el reflejo que le diera sentido a todo.
Cuando llegaron, el sanatorio estaba cubierto por maleza y óxido.
Ventanas rotas, muros grafiteados, y un portón de hierro con cadenas.
Pero había algo más: una sensación.
Como si algo adentro recordara que iban a volver.
—¿Listos? —preguntó Emilia.
Ninguno respondió, pero los tres cruzaron la verja oxidada al mismo tiempo.

La linterna iluminaba pasillos carcomidos por el tiempo.
Carteles medio caídos.
Camillas rotas.
Silencio absoluto, roto solo por sus pisadas.
En el segundo piso, llegaron a un ala clausurada.
Allí, en una puerta con una cruz invertida pintada con carbón, Damián se detuvo.
—Es acá —susurró, sin dudar.
—¿Cómo lo sabés? —preguntó Tomás.
—Porque lo soñé antes de saberlo —dijo, empujando la puerta.

Dentro, una sala circular, con paredes cubiertas de inscripciones.
Y al fondo, en el suelo, media placa metálica encastrada en una losa.
Tenía la forma exacta de la otra mitad del símbolo.
Emilia se arrodilló y encajó ambas partes.
El objeto se iluminó con una luz azul tenue… y se activó.
No se abrió ninguna puerta.
Pero algo cambió en ellos.
Tomás sintió una descarga recorrerle los brazos.
Emilia, una ráfaga de imágenes: su padre joven, escribiendo frenéticamente frente a un espejo.
Y Damián…
Damián vio la Ciudad que No Existe.
Torres de piedra flotando, ojos en el cielo, y un nombre grabado en la entrada:
“Anuar”.

El suelo vibró.
Una voz surgió del metal encajado:
—“Tres Fragmentos, un solo Umbral.
Pero solo quien recuerde sin dolor, podrá cruzar sin romperse.”

El símbolo se apagó.
Y una compuerta en la pared se abrió con un chirrido seco, revelando una escalera que descendía a la oscuridad.
Los tres se miraron.
Sabían que no podían detenerse ahora.

Y desde lo alto del edificio, alguien los observaba.
Una figura encapuchada, con los ojos llenos de ira y algo más:
miedo.
—Se están acercando —susurró—.
Y esta vez… no van a sobrevivir al Umbral.




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