Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 43: Bajo la superficie, sobre la sombra

La escalera descendía más allá del tiempo.
Madera crujiente, piedra húmeda.
La linterna de Tomás parpadeaba con cada paso, como si la electricidad dudara en seguirlos.
Damián iba primero.
No por coraje, sino porque algo en él tiraba hacia abajo.
Un eco interno que no dolía, pero ardía.
—Siento que ya estuve acá —dijo.
—¿En un sueño? —preguntó Emilia.
—No. Antes del sueño.

La escalera terminaba en un pasillo circular con inscripciones talladas en la piedra.
No eran símbolos comunes.
Eran nombres.
—¿Ves eso? —Tomás señaló uno—. “Nerón. Fragmentado.”
¿Ese no estaba en los papeles viejos?
Emilia se acercó.
—Todos estos… son Fragmentados.
Nombres de gente que alguna vez… fue como nosotros.
Damián avanzó hasta una especie de altar.
Sobre él, un cuaderno cerrado con una traba metálica.
Lo tocó.
Y en ese instante, algo arriba despertó.

En el exterior del sanatorio, la bruma volvió a espesarse.
Una sombra surgió del bosque, caminando con la lentitud de lo inevitable.
Sus ojos no brillaban.
Ardían.
Severo.
Pero ya no era del todo humano.
Su piel estaba surcada por venas oscuras, como raíces bajo la carne.
Su voz no resonaba desde la garganta, sino desde el aire mismo:
—El Umbral no les pertenece.
Nacieron tarde…
Morirán antes.

Abajo, el cuaderno se abrió solo.
Las páginas se escribían solas.
Damián retrocedió. Emilia gritó.
Las letras parecían sangrar tinta.
“La puerta no es de piedra.
La llave no es el metal.
El umbral es ustedes.”

Un estruendo.
Polvo cayó del techo.
El pasillo tembló.
—¡Nos encontró! —gritó Tomás.
—¡Corré! —Emilia lo empujó—. ¡Hay otra salida por acá!
El símbolo en manos de Damián brillaba de nuevo.
Pero esta vez, con una luz blanca viva, como si reconociera el peligro.

En la superficie, Severo avanzaba.
Y con cada paso, criaturas surgían de la niebla: sombras de cuerpos humanos sin rostro.
Fragmentos deformes de antiguas presencias.
Los Refractados.
Ecos fallidos de lo que alguna vez fue un poder puro.

Los chicos corrieron por un túnel lateral.
Las paredes parecían cerrarse.
Pero al fondo, una grieta de luz.
—¡Ahí! —gritó Emilia.
Damián giró el símbolo.
Las paredes respondieron.
Como si la piedra obedeciera.
Una puerta se abrió, justo cuando las sombras empezaban a alcanzarlos.

Salieron a un claro oculto entre los árboles.
Y al volverse, la entrada desapareció.
Solo quedaba bosque.
—¿Nos siguió? —jadeó Tomás.
Pero Damián estaba mirando el símbolo.
—No puede entrar si no lo invitamos.
Este lugar… está hecho para proteger, no para pelear.
—Entonces, ¿ganamos?
Damián negó con la cabeza.
—No. Solo postergamos.
Y Severo… ya no está solo.

Muy lejos, en un sótano oscuro, una figura femenina alzó la vista.
Sus ojos reflejaban el mismo símbolo que Damián llevaba en el bolsillo.
—Están listos —murmuró.
A su alrededor, espejos rotos comenzaban a recomponerse.
Y en cada reflejo… una versión distinta de Emilia.




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