Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 44: El silencio antes del umbral

El bosque tenía un modo peculiar de envolver el tiempo.
Los minutos pasaban más lentos.
El aire era más denso, como si respiraran dentro de un recuerdo.
Habían escapado.
Otra vez.
Pero esta vez, algo había cambiado.
El símbolo de Damián no dejaba de vibrar.
Pequeños destellos se escapaban de las grietas metálicas como si algo dentro intentara hablar… o salir.

—¿Qué era eso? —preguntó Tomás, sentado junto a un tronco caído.
—No solo Severo —dijo Emilia, con la voz quebrada—. Las cosas… esas sombras.
No eran humanas.
No del todo.
—Yo creo que fueron alguna vez como nosotros —murmuró Damián, observando el cielo—. Fragmentados, pero rotos.
Como si alguien los hubiera forzado a ser algo que no podían sostener.

Pasaron horas sin decir mucho más.
Recuperando el aliento.
Sintiendo las consecuencias emocionales, no solo físicas.
Tomás miraba su brazo vendado, donde una de las sombras lo había tocado.
Se movía bien, pero sentía un frío que no desaparecía.
Emilia hojeaba el cuaderno que se habían llevado del altar.
Las palabras aparecían y desaparecían según quién lo tocara.
Era como si el libro los leyera a ellos.
Y Damián…
Damián caminaba en círculos.
Murmuraba cosas que solo él entendía.
A veces, se detenía y cerraba los ojos como si escuchara una sinfonía que nadie más percibía.

—¿Damián? —preguntó Tomás, finalmente—. ¿Estás bien?
El chico asintió, sin mirar.
—Sí. Es solo que…
Me estoy empezando a entender.
—¿A vos mismo?
—A todo. A lo que soy. A por qué me siento como me siento.
Antes creía que mi forma de ver el mundo era un error.
Ahora entiendo que…
es una puerta.

Emilia se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Tenés razón.
No somos normales.
Pero eso no es algo malo.
Y vos, Damián…
sos el centro de esto.
—¿El centro?
—Sí —respondió Tomás—. No porque seas el más fuerte, o el que más sabe.
Sino porque cuando todo se rompe… sos vos el que nos recuerda por qué seguimos.
Damián bajó la cabeza, sin saber qué decir.
Sentía calor en el pecho.
Algo que no dolía.
Algo nuevo.

Esa noche, acamparon en una zona segura del bosque, protegidos por el símbolo enterrado bajo tierra.
Antes de dormir, Emilia propuso algo:
—Deberíamos entrenar. Prepararnos.
No para pelear como guerreros…
Sino para resistir como Fragmentados.
—¿Y cómo se hace eso? —preguntó Tomás.
—Aprendiendo a confiar. En lo que somos. En lo que vemos.
En lo que sentimos.

Damián, recostado en su bolsa de dormir, miró al cielo nocturno.
Las estrellas parecían más cercanas que nunca.
Y entre sueños, una voz conocida le habló:
“La herida no es debilidad.
Es la grieta por donde entra la luz.”
Él sonrió.
Y por primera vez en mucho tiempo, durmió en paz.




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