Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 45: Voces del poder

El bosque, al amanecer, parecía un templo en movimiento.
Todo respiraba, desde las hojas hasta la tierra.
Y ellos… también.
Naima había llegado al claro sin hacer ruido, como si siempre hubiese estado ahí.
—Hoy no entrenarán el cuerpo.
Entrenarán el vínculo.
—¿Con qué? —preguntó Tomás, flexionando los brazos.
—Con ustedes mismos.
Con su dolor.
Con sus límites.

TOMÁS fue el primero.
Naima lo llevó a una zona del bosque donde los árboles eran altos como torres.
Le pidió que levantara una piedra.
No una cualquiera: una enorme, casi imposible de mover.
—Tu fuerza no sirve si tu rabia te domina —le dijo—.
Encontrá el centro, no el impulso.
Tomás lo intentó. Fracasó.
Intentó otra vez. Gritó. Nada.
Hasta que recordó a su hermano menor.
Cuando lo defendió del padrastro.
Cuando entendió que ser fuerte no era golpear, sino proteger.
Y entonces, levantó la piedra como si fuera de papel.
Y lloró.

EMILIA fue llevada junto al río.
Allí, Naima le pidió que tocara el agua y sanara un pez herido.
Ella dudó.
—Curar no es controlar.
Es escuchar el dolor y ofrecer presencia, no solución.
Emilia cerró los ojos.
Recordó cuando su madre estuvo en el hospital.
Cómo deseó cambiar el mundo con solo sus manos.
No curó el pez.
Pero hizo algo más: lo acompañó hasta que el agua se llevó su sufrimiento.
Y el pez se fue… nadando.

DAMIÁN se quedó solo.
Naima no lo llevó a ningún lado.
—Tu campo de entrenamiento está acá —le dijo, señalando su cabeza y su corazón.
Lo dejaron en silencio.
Y él… entró.
No en un sueño, sino en una especie de trance.
Se vio niño, escondido bajo una mesa mientras su familia discutía.
Se vio adolescente, tapándose los oídos mientras todo lo abrumaba.
Se vio hoy… con sus amigos dormidos cerca, confiando en él.
—Mi mente no es un error —dijo en voz baja—.
Es un radar.
Un mapa.
Y entonces, escuchó pensamientos.
No suyos.
Tomás quiere estar a la altura.
Emilia teme quedarse sola.
Naima… espera algo más de mí.
Damián abrió los ojos.
El viento se detuvo.
Y su símbolo… flotó por un momento, como si lo bendijera.

Esa tarde, se reencontraron en el claro.
Naima los miró, seria pero con los ojos brillando.
—No han terminado.
Pero han empezado de verdad.
Tomás podía cargar árboles.
Emilia podía calmar el dolor de un animal herido con una caricia.
Y Damián…
podía escuchar hasta el eco más lejano de una emoción.
—¿Y ahora? —preguntó Emilia.
—Ahora —respondió Naima— viene la parte difícil:
usar lo aprendido… sin perder lo que son.

Esa noche, sin decirlo, todos sabían algo:
el enemigo no era solo Severo.
Ni las sombras.
Era el miedo a no estar listos.
Pero por primera vez, creyeron que podían estarlo.




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