La lluvia cayó esa madrugada como si lavara los restos del día anterior.
No hubo truenos ni viento, solo un rumor constante que parecía contar historias en cada gota.
Damián no podía dormir.
Emilia y Tomás sí, agotados pero en paz.
Naima, en cambio, se mantenía despierta junto al fuego, como si estuviera esperando ese momento.
—¿No descansás nunca? —preguntó Damián, acercándose en silencio.
Ella lo miró. Su expresión era otra.
Más cansada. Más humana.
—Dormir es para quienes pueden apagar los ecos del pasado.
—¿Y vos no podés?
Naima miró el fuego.
Las llamas reflejaban en sus ojos imágenes que no estaban allí… pero que vivían en su memoria.
—Hubo otros antes que ustedes —comenzó—.
No muchos. Muy pocos.
Fragmentados que nacieron cuando el velo entre mundos se rasgó por primera vez.
—¿Cuándo?
—Durante una guerra. No de armas. De almas.
La humanidad había perdido algo esencial.
Y entonces… algunos nacieron distintos.
No eran mejores.
Solo… puentes.
—¿Vos eras una de ellos?
Naima asintió lentamente.
—Yo fui la última de los primeros.
Y sobreviví porque elegí desaparecer.
Damián se quedó callado, escuchando.
—Vi a mis compañeros caer, uno por uno.
Algunos fueron cazados.
Otros, corrompidos por el poder.
Y algunos… se perdieron en sí mismos.
—¿Y Severo?
—Era uno de nosotros.
Pero no entendió el don.
Quiso moldearlo a su voluntad.
Y se convirtió en una sombra de sí mismo.
—¿Por qué nos ayudás? —preguntó Damián, con la voz suave.
Naima sonrió, pero no con alegría.
—Porque esta vez quiero intentar hacer lo correcto.
Porque ustedes no están solos.
Porque vos, Damián…
sos diferente incluso entre los Fragmentados.
—¿Por qué?
—Porque podés escuchar lo que viene.
No solo el pasado. No solo las emociones.
Podés anticipar el tejido del mundo.
Y cuando ese poder despierte del todo…
será una llama que podrá iluminar o consumir todo lo que toque.
Damián tragó saliva.
—Tengo miedo.
—Bien —dijo Naima—. El miedo no es un enemigo.
Es una linterna.
Solo hay que saber hacia dónde apuntarla.
La lluvia se detuvo.
Y por primera vez desde que despertaron sus dones,
Damián no sintió que llevaba una carga.
Sino una herencia.
Y aunque pesaba…
era suya.
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Editado: 07.02.2026