El amanecer llegó teñido de gris.
Los árboles no cantaban.
El bosque, antes protector, ahora contenía la respiración.
Naima lo sintió primero.
—Algo fue liberado.
—¿Severo? —preguntó Tomás.
Ella negó lentamente.
—Algo viejo.
Más antiguo que él.
Más cercano a lo que ustedes son… pero torcido.
Damián empezó a escucharlo antes que nadie.
Un zumbido persistente, como un lamento lejano.
Luego vinieron las visiones: un valle seco, una columna de humo, huesos.
Y una silueta sin rostro caminando hacia ellos.
—Está viniendo —susurró—. No por Severo. Por nosotros.
—¿Qué cosa?
—El que nació cuando la primera llama se extinguió.
Esa tarde, los pájaros huyeron.
Los árboles se curvaban hacia el suelo.
Y la tierra… vibraba.
Una grieta se abrió no lejos del claro, junto a las piedras marcadas con símbolos antiguos.
De allí emergió una criatura encorvada, envuelta en humo oscuro.
Tenía brazos largos, dedos finos como ramas secas, y en vez de ojos, dos vacíos girando hacia adentro.
Naima palideció.
—No es una bestia.
Es un eco deformado de un Fragmentado original.
Uno que fracasó.
—¿Qué quiere? —preguntó Emilia, ya con las manos listas para sanar.
—Arrastrarlos con él.
A la ruina.
Al olvido.
La pelea no fue como las anteriores.
No había táctica que valiera.
Tomás se lanzó con su fuerza, pero el ser no tenía cuerpo fijo: lo esquivaba con humo.
Emilia intentó contener su energía con un campo de calma… pero solo logró ralentizarlo.
Y Damián, abrumado por las voces que provenían del ser, cayó de rodillas.
—¡Es como si tuviera todas las emociones rotas dentro! —gritó, sosteniéndose la cabeza.
El ser se acercó.
Abrió su boca y salió una voz con múltiples tonos:
—"USTEDES SERÁN COMO YO.
FRAGMENTOS… PERDIDOS."
Y en ese momento, Damián gritó.
No por miedo.
Sino para ordenar el caos.
Su poder estalló.
Una onda mental que empujó al ser hacia atrás, distorsionándolo.
No lo destruyó.
Pero lo dispersó, como si lo desterrara momentáneamente.
Cuando el silencio volvió, todos estaban exhaustos.
Naima temblaba.
—Ese no fue el único.
Hay más.
Y si Severo logra dominarlos…
no bastará con sus dones.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Tomás.
—Nos preparamos.
Buscamos los fragmentos perdidos de la llama original.
Y rezamos para que, cuando llegue el momento, sepan quiénes son de verdad.
Damián levantó la vista.
—¿Y si uno de nosotros termina como esa cosa?
Naima lo miró con tristeza… y esperanza.
—Entonces, los otros deberán recordarle su nombre.
Porque en esta historia…
olvidar quién sos, es peor que caer.
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Editado: 07.02.2026