Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 48: El faro bajo la tierra

La noche siguiente, mientras el grupo descansaba en lo que quedaba de su refugio, Naima desplegó un mapa extraño: no era de papel, sino una especie de pergamino de fibra viva, que respondía al tacto como si respirara.
—Esto no es solo un mapa —explicó—. Es una memoria viviente. Un rastro de los antiguos.
En el centro del mapa, un símbolo empezó a brillar con una luz tenue: un círculo incompleto rodeado de runas.
—Aquí yace el primer fragmento de la llama original —dijo Naima—. No es un objeto. Es un nodo de energía atrapado en un lugar dormido: el faro bajo la tierra.
—¿Dónde está? —preguntó Tomás.
—Debajo de esta ciudad —dijo Damián antes que nadie. Su voz sonó lejana, como si ya lo supiera.
—¿Cómo…?
—Lo soñé. Anoche.
Un túnel. Una sala de piedra.
Y una llama que no quema… pero canta.

Horas después, guiados por Naima y el instinto agudo de Damián, encontraron una entrada oculta bajo la antigua estación de tren abandonada, tapada por escombros y raíces.
Descendieron por escaleras oxidadas y túneles de concreto.
La oscuridad parecía más viva de lo normal.
La linterna de Tomás parpadeaba sin motivo.
Y Emilia, con la mano en el pecho, murmuraba que el aire estaba “lleno de voces”.
—No escuchen —advirtió Naima—. Aquí, los pensamientos pueden engañar.

Al fondo del pasadizo, llegaron a una cámara circular tallada en piedra negra.
En el centro, flotando sobre un pedestal fracturado, una llama azulada oscilaba suavemente.
No tenía calor.
Pero cada vez que uno de ellos se acercaba, una imagen surgía en su mente.
Tomás vio a su padre, diciéndole que no estaba hecho para ser bueno.
Emilia vio a su madre enferma, repitiéndole que debía curar a todos, incluso a sí misma.
Y Damián vio a sí mismo, de pequeño, solo en una esquina, cubriéndose los oídos mientras su familia discutía.

—Es una llama de verdad —susurró Naima—.
Pero no ilumina el mundo.
Ilumina lo que ocultamos.
—¿Qué hacemos? —preguntó Emilia, temblando.
—Aceptar.
Si logran tocarla… y no huir de lo que vean…
la llama les dará una parte de sí.

Tomás fue el primero.
Extendió la mano y, pese al miedo, aceptó su imagen.
La llama le mostró su fuerza… no como poder, sino como capacidad de contener el dolor sin romperse.
Un tatuaje de runas apareció en su antebrazo, ardiendo sin quemar.
Luego Emilia.
La llama le mostró que no siempre podía sanar a los demás… pero sí elegir a quién sostener.
Su tatuaje brilló en el pecho, como una flor luminosa.
Y por último, Damián.
Se acercó temblando.
La llama se tornó violeta al tocarlo.
Y en su mente, todas las voces se calmaron.
Por primera vez…
el silencio fue completo.

Cuando abrió los ojos, su tatuaje estaba sobre la sien, un círculo incompleto… igual al símbolo del mapa.
—Sos el vínculo —murmuró Naima—.
El que puede reunir los fragmentos, no solo encontrarlos.

Pero antes de que pudieran celebrar, un crujido los sacudió.
Las paredes del lugar comenzaron a retumbar.
Una voz gutural surgió del túnel por el que vinieron:
—"Han tocado lo que debía permanecer dormido."
Una figura encapuchada, con ojos sin iris y una mano hecha de humo sólido, apareció entre las sombras.
—Uno de los Sirvientes del Olvido —dijo Naima, retrocediendo—.
El guardián de los fragmentos perdidos.
—¡Corran! —gritó Tomás, poniéndose al frente.
Pero Damián no se movió.
La llama seguía ardiendo tras él.
Y por primera vez, no temía.
Entendía.




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