Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 50: Herederos del fuego

El regreso al claro fue en silencio.
Nadie hablaba, pero todos sentían algo distinto.
Como si hubieran pasado años bajo tierra y no solo unas horas.
Como si la llama se hubiese llevado algo de ellos… y también les hubiese dejado otra cosa a cambio.

Damián fue el primero en aislarse.
No por dolor, sino por la necesidad de entender lo que ahora habitaba dentro de él.
Se sentó junto al lago pequeño que bordea el claro y se miró las manos.
Ya no temblaban.
No escuchaba voces.
No sentía desbordes.
Pero dentro de su pecho… algo vibraba.
—No fue solo un recuerdo —murmuró—.
La llama… me devolvió partes de mí que no sabía que había perdido.
Naima lo observaba desde la distancia.

Tomás y Emilia compartían una fogata improvisada.
Él afilaba una rama con su navaja. Ella tejía silenciosamente con hilo y madera.
—¿Sabés qué me da miedo? —dijo ella, sin levantar la vista.
—¿Qué?
—Acostumbrarme a esto.
A pelear. A sentir que lo que importa es ganar y no vivir.
Tomás asintió.
—Yo antes pensaba que ser fuerte era golpear más duro.
Ahora siento que es seguir en pie sin endurecerte por dentro.
Emilia lo miró.
Y por primera vez, no como una compañera…
Sino como alguien que entendía su fragilidad bajo la fuerza.

Esa noche, cuando el grupo se reunió otra vez, Naima encendió un fuego ritual.
No por necesidad… sino por significado.
—Lo que lograron hoy —dijo— no fue solo vencer una sombra.
Fue evitar convertirse en ella.
—¿Qué era realmente ese Sirviente? —preguntó Damián.
—Una advertencia.
Un Fragmentado que eligió olvidar su dolor.
Y al hacerlo, olvidó también su propósito.
La llama se alimenta de memoria verdadera, no de fuerza.
Y ustedes… lograron recordarse en medio de la oscuridad.

Damián cerró los ojos.
La imagen de su yo pequeño seguía viva en su mente.
Ya no se escondía.
Ahora lo miraba, curioso… como si aceptara lo que vendría.
—¿Hay más fragmentos como ese? —preguntó Emilia.
Naima asintió.
—Cuatro más.
Y cada uno custodiado por algo distinto:
una emoción, un error, una pérdida… y una elección.

El viento sopló entre los árboles.
Y por primera vez desde que habían despertado sus dones, los tres sintieron que ya no estaban huyendo.
Ahora iban hacia algo.
Y aunque no sabían si llegarían completos, sabían una cosa:
Lo intentarían juntos.

Esa noche, mientras todos dormían, Damián soñó de nuevo.
Pero esta vez no fue un presagio.
Fue una memoria que no era suya:
Una mujer con el símbolo de la llama tatuado en la espalda, caminando en un mundo devastado.
Su voz resonaba entre ruinas:
—“Si algún día me escuchás… buscá el mar.
Ahí dejé lo que yo no pude sostener.”
Damián despertó con la piel helada.
Sabía adónde debían ir después.
El mar.




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