Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 51: El llamado del agua

El amanecer trajo una bruma suave.
Los árboles del bosque se despedían con un murmullo casi humano, como si supieran que los chicos no volverían iguales.
Naima les entregó un pequeño talismán de piedra azul, grabado con un símbolo espiral.
—Este los protegerá de las distorsiones del camino.
El mar es más que un destino.
Es un umbral.
—¿Qué deberíamos buscar? —preguntó Emilia, mientras guardaba el talismán en su mochila.
—No algo.
Alguien.

El grupo partió al mediodía.
El viaje sería largo: tendrían que cruzar pueblos, campos, y zonas inhabitadas hasta llegar a la costa vieja, donde según la visión de Damián, se encontraba el segundo fragmento.
A medida que avanzaban, la realidad parecía cambiar ligeramente.
Los relojes funcionaban mal.
Las brújulas giraban sin sentido.
Y a veces, entre parpadeos, los chicos creían ver figuras quietas observándolos desde la distancia.
—¿Son ilusiones? —preguntó Tomás una noche, al ver por tercera vez una sombra al borde del camino.
—O fragmentos del pasado que se están activando —dijo Damián, cada vez más sensible a los susurros invisibles—.
Creo que el fragmento que buscamos… está despertando también.

Durante el trayecto, hicieron una parada en un pueblo abandonado a medio día.
Allí, en una vieja estación de tren, encontraron un mural cubierto por plantas.
Al quitar las enredaderas, vieron una pintura erosionada por el tiempo: un mar oscuro, una mujer de espaldas con un tatuaje de fuego en la espalda, y detrás, una criatura alada sumergiéndose bajo las olas.
—La mujer de mi sueño —susurró Damián—.
Ella dejó algo allí. Algo que no pudo sostener.
Y no está sola.
—¿Creés que esa criatura es otro guardián? —preguntó Emilia.
—O un recuerdo vivo, como el Sirviente.
Sea lo que sea, nos espera.

Esa noche, acamparon cerca de un campo de girasoles marchitos.
Damián sintió que la tierra temblaba suavemente, como si algo debajo respirara.
Al dormir, la voz de la mujer regresó.
“No todo lo que dejamos atrás merece ser encontrado.
Pero hay cosas que, si no se recuperan, devoran lo que somos.”
Al despertar, el mar ya no era solo un destino.
Era una advertencia.

El grupo caminó tres días más.
Y entonces, al llegar a una colina, lo vieron por fin:
el océano inmenso, gris y brillante, golpeando la costa como un corazón sin piel.
—Allí abajo —dijo Damián—.
Donde las rocas forman un círculo.
Ahí está el segundo fragmento.
Y justo en ese momento, las nubes se abrieron brevemente.
Un rayo de sol iluminó una antigua estructura entre las rocas: una torre inclinada y semihundida, marcada con símbolos idénticos a los que llevaban en sus cuerpos.
—Es hora —dijo Tomás.
Pero del otro lado de la colina, alguien los observaba en silencio.
Una figura cubierta por un manto oscuro, con un cuervo sobre el hombro y un bastón tallado con huesos.
—Llegaron.
Ahora veremos si son dignos…
o si el mar los devora como a los demás.




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