El mar amanecía sereno, como si hubiese olvidado la violencia de la noche anterior.
Las olas apenas rozaban las rocas, y el viento salado traía consigo un olor a memoria.
La esfera del segundo fragmento seguía flotando en la mochila de Emilia, envuelta en telas sagradas.
Nadie se atrevía a tocarla, pero todos la sentían.
Latía como un corazón ajeno.
—La visión fue clara —dijo Tomás—.
Una isla oculta. Un barco. Una tormenta.
—Y un hombre encadenado —murmuró Damián, aún perturbado—.
¿Será uno de nosotros?
—¿O uno de los perdidos? —se preguntó Naima, que los acompañaba hasta el puerto abandonado, a pocas horas a pie—.
Sea lo que sea… tendrán que llegar solos.
Pero antes de partir, se detuvieron en una pequeña aldea pesquera.
Ruinas de casas viejas, un muelle caído, y una capilla aún en pie.
Los lugareños ya no vivían allí, pero quedaban rastros de vida: cuerdas colgando, redes olvidadas, una radio vieja encendida por el viento.
Damián fue el primero en sentarse en la escalinata de la iglesia.
Miraba al cielo, y por un instante, no pensó en fragmentos, ni guardianes, ni sombras.
Pensó en su madre.
En la cocina con olor a café.
En su hermana pequeña jugando con bloques.
En la sensación de ser un error sin palabras…
y en cómo ahora, poco a poco, eso estaba cambiando.
Emilia se acercó, en silencio.
Le puso una manta sobre los hombros.
No dijeron nada durante varios minutos.
—¿Creés que ellos piensan en nosotros? —preguntó ella, finalmente.
—A veces.
Y a veces no.
Pero no los culpo.
Nosotros también… aprendimos a mirar hacia otro lado para sobrevivir.
Tomás se sentó con las piernas cruzadas, tallando una figura en madera.
Era su hermano menor.
Pequeño, sonriente, con los ojos que siempre creyeron en él.
Había prometido volver… y aún lo haría.
Pero ¿cómo volver siendo otro?
—Todo esto —dijo, levantando el tallado— lo hago para no olvidar por qué empecé.
—¿Y si no les gusta lo que somos cuando volvamos? —preguntó Emilia.
—Entonces será su turno de aprender quiénes somos ahora.
Esa noche durmieron bajo el porche de una casa derrumbada.
Sin pesadillas.
Sin fragmentos.
Solo con el silencio del mar como cuna.
Y al amanecer, allí los esperaba un viejo bote de madera, con un mástil de lona desgarrada.
Estaba cubierto de sal y polvo… pero no se había podrido.
Naima lo observó con extrañeza.
—Este barco fue hecho por manos fragmentadas —dijo—.
Fue usado una vez… por alguien que falló.
Pero ustedes pueden llevarlo a otro destino.
Al subir a bordo, cada uno sintió algo distinto.
Tomás sintió vértigo.
Emilia, una paz nueva.
Damián… una punzada de tristeza, como si el mar supiera que no todos llegarían al final.
—¿Listos? —preguntó él, con la mirada fija en el horizonte.
—Nunca lo vamos a estar del todo —respondió Emilia—.
Pero vamos igual.
La vela se desplegó con un crujido.
El viento los tomó como si ya supiera el camino.
Y mientras se alejaban de la costa, ninguno miró hacia atrás.
Solo Naima los observó desde la orilla, hasta que el bote desapareció entre la niebla.
—Vayan.
Encuentren al encadenado.
Y no olviden quiénes eran antes de arder.
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Editado: 03.03.2026