Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 55: La isla de los ecos

El casco del bote raspó la arena negra con un sonido áspero y final.
Habían llegado.
Nadie habló durante los primeros minutos.
No sabían si habían cruzado una distancia física o un umbral entre mundos.
La isla tenía algo... distinto.
No era peligrosa en apariencia, pero todo parecía estar al borde de decir algo.

—¿Esto es natural? —preguntó Emilia, tocando la corteza de uno de los árboles, que parecía hecha de piedra volcánica.
—Es como si el tiempo aquí se hubiera detenido —murmuró Damián—.
O… como si solo existiera cuando alguien la ve.
Tomás pateó una piedra con descuido.
Al girarla, había símbolos tallados, los mismos que llevaban en sus marcas de nacimiento.
—Nos esperaba —dijo, casi para sí mismo.

Avanzaron por un sendero de tierra pálida, flanqueado por estatuas partidas a la mitad.
No todas eran humanas.
Algunas tenían alas, otras cuernos.
Y otras llevaban rostros tapados por vendas o escudos.
Damián se detuvo frente a una particularmente alta.
Tenía su mismo tatuaje en el pecho.
—Esto ya existía antes de nosotros —murmuró—.
Somos... ecos que despiertan memorias viejas.

En el centro de la isla había una torre inclinada, distinta a la de la costa.
Más orgánica, como si hubiese crecido en lugar de haber sido construida.
Las puertas estaban entreabiertas, y adentro, el aire olía a sal y cenizas.
—Vamos juntos —dijo Tomás.
Dentro, la torre estaba vacía.
Pero las paredes mostraban murales dibujados con pigmentos apagados:
Una guerra. Una traición. Una llama rota.
Y al fondo, un nombre:
Anuar.

—Este lugar fue un santuario —dijo Emilia, tocando uno de los murales.
—O un refugio.
—O una prisión —agregó Damián, al descubrir cadenas oxidadas colgando del techo.
Y entonces lo escucharon.
Un canto grave.
Antiguo.
Que no venía de fuera… sino de abajo.
Una trampilla, semioculta bajo piedras y polvo, vibraba con cada nota.

—Allí está —dijo Damián.
—¿El siguiente fragmento? —preguntó Emilia.
—No.
El hombre encadenado.

La trampilla crujió al abrirse.
Un túnel descendía en espiral, tallado en roca negra y con raíces colgando del techo como si la isla sangrara recuerdos.
Bajaron en silencio.
El canto se volvía más claro… más humano.
Una voz rota, pero cargada de un propósito que aún ardía.
Y al llegar al fondo, lo vieron:
Un hombre, de pie, encadenado a un altar.
El cabello largo y gris, los ojos cerrados.
Su pecho brillaba con un símbolo que ardía bajo la piel, palpitando como un corazón atrapado.
Al sentirlos, abrió los ojos.
—Tardaron.
Pensé que la llama se había extinguido del todo.
Pero aún quedan fragmentos…
Y ustedes son prueba de ello.

—¿Quién sos? —preguntó Tomás, con cautela.
—Soy lo que quedó…
cuando el fuego no pudo redimirme.
El hombre sonrió, triste.
—Soy el castigo de haber recordado demasiado tarde.

La isla no era solo un lugar.
Era un mensaje.
Y el siguiente fragmento…
estaba más cerca de lo que creían.




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