La voz del encadenado era firme, aunque cada palabra parecía pesarle siglos.
Los tres jóvenes lo rodearon con respeto, cautela… y una sensación familiar.
—¿Sos… un Fragmentado? —preguntó Damián.
—Fui el primero en caer —respondió el hombre, con una sonrisa cargada de ironía—.
Y uno de los últimos en recordar por qué estábamos aquí.
Las cadenas que lo sujetaban no eran comunes.
Eran de una aleación opaca, viva, que pulsaba débilmente con cada palabra que él pronunciaba.
—¿Quién sos realmente? —insistió Emilia.
El hombre levantó la vista.
Y por un segundo, su rostro se transformó:
no en otro, sino en todos.
Todos los Fragmentados antes que ellos, miles, generaciones completas, dolientes, guerreros, mártires.
—Me llamaban Alhaz, aunque ese nombre ya no me pertenece.
—¿Y conociste a Anuar? —interrogó Tomás.
La mirada de Alhaz se oscureció.
—Anuar fue mi hermano.
Y también… el que nos condenó.
El silencio cayó como una sentencia.
—¿Condenó cómo? —preguntó Damián, sintiendo que algo en su pecho respondía, como si la palabra Anuar agitara una herida antigua.
Alhaz suspiró.
Las cadenas lo tensaron levemente.
—Los Fragmentados nacimos como guardianes del fuego original, la Llama Madre.
Cada uno de nosotros albergaba una parte.
Pero no éramos iguales.
Algunos debíamos recordar, otros proteger, y otros… despertar a los que dormían.
—¿Y qué hizo Anuar? —preguntó Emilia.
—Él fue el más brillante.
El más puro.
Y el primero en querer liberarse del fuego.
Creyó que la llama lo consumía.
No entendía que la llama no quema… purifica.
Tomás apretó los puños.
—¿Entonces él los traicionó?
—No con odio. Con miedo.
Anuar separó los fragmentos.
Intentó sellar lo que no entendía.
Y al hacerlo… rompió el ciclo.
Desde entonces, cada nueva generación nace con los ecos de ese error.
Y ustedes… ustedes son la última oportunidad de reparar lo que quebró.
Damián sintió una punzada en la sien.
—Entonces… ¿esto es culpa nuestra?
¿Somos reemplazos?
—No.
Son consecuencia.
Y tal vez… redención.
Las cadenas comenzaron a vibrar.
—¿Por qué estás encadenado? —preguntó Emilia, inquieta.
—Porque después de fallar… pedí no olvidar.
Y el precio fue permanecer aquí, custodiando las memorias que no deben borrarse.
Yo… soy lo que pasa cuando alguien recuerda demasiado y ya no puede vivir con eso.
Un temblor recorrió la sala.
El mar rugió a lo lejos.
—El tercer fragmento —dijo Alhaz— no está en esta isla.
Está en ustedes.
Lo despertaron al llegar aquí.
Ahora deben llevar lo que saben… a los demás.
Porque no están solos.
Hay otros… como ustedes.
Y hay algo que se acerca.
—¿Qué cosa? —preguntó Tomás.
—Algo que Anuar dejó atrás.
Algo que nunca debió sobrevivir a la ruptura.
Una sombra con nombre…
Severo.
La tierra crujió.
Las raíces sangraron luz.
Y las cadenas comenzaron a quebrarse.
—¡Está despertando! —gritó Alhaz.
—¿Quién? —preguntó Damián, retrocediendo.
—No el guardián.
No yo.
La memoria de la traición.
Y si quieren salvar lo que aún queda…
deben huir ya.
Pero ya era tarde.
Una grieta se abrió en la piedra…
y de ella comenzó a salir una figura sin forma, compuesta de voces, ojos, fuego… y vacío.
La isla misma recordaba.
Y no todos sus recuerdos eran aliados.
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Editado: 03.03.2026