Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 57: El guardián de lo que arde

La grieta se abrió como una herida viva, y de ella emergió una criatura informe, hecha de humo, fuego y voces que no eran humanas.
Era memoria convertida en hambre.
Una amalgama de errores, de culpas, de decisiones que nunca se corrigieron.
La sombra de Anuar, cristalizada por el remordimiento de siglos.
Un eco que había permanecido oculto en los cimientos de la isla... hasta que ellos lo despertaron.

—¡Corran! —gritó Alhaz, mientras las cadenas a su alrededor comenzaban a estallar una a una—.
¡Yo lo mantendré aquí!
—¡No te vamos a dejar! —dijo Emilia.
—¡No hay tiempo! —rugió Alhaz, y por primera vez, su voz no era solo humana, sino también fuego.
Damián dio un paso al frente, paralizado.
—¿Es Severo?
—No... aún no —respondió Alhaz—.
Es lo que dejó en el mundo cuando rompió la llama.
Un fragmento sin cuerpo.
Un recuerdo que no puede morir, porque nadie se atrevió a perdonarlo.

La criatura rugió.
Voces de niños, madres, guerreros, viejos, se mezclaban en su interior.
Cada lamento era una cadena que intentaba atraparlos también.
Pero Alhaz alzó los brazos.
El símbolo en su pecho comenzó a brillar como una antorcha.
Sus ojos se encendieron con un fuego dorado.
—No soy el mismo que falló —dijo, mientras su cuerpo comenzaba a flotar—.
Soy el que recuerda para que ustedes puedan seguir adelante.

Las raíces de la isla se replegaron.
El suelo tembló.
—¡No podemos dejarlo! —insistió Tomás.
—¡Sí podemos! —dijo Damián, por primera vez con una certeza total en la voz—.
Él no está muriendo.
Está volviendo a arder.

El fuego de Alhaz se elevó en espiral, creando una barrera de luz viva entre ellos y la criatura.
Las cadenas rotas flotaron a su alrededor, fundiéndose con su piel.
Se transformó en algo más:
no un prisionero, sino un vigilante de llamas antiguas.
—¡La isla se hundirá! —gritó Emilia, tirando de los otros—.
¡Al barco, ya!

Mientras corrían por el túnel de regreso, el canto de Alhaz volvió a escucharse.
Pero ya no era lamento.
Era promesa.
“Cuando todo arda,
recuerden por qué encendieron la llama.”

Al subir al barco, la isla ya se partía en dos.
Torres cayendo, estatuas hundiéndose, el cielo rompiéndose en fragmentos de auroras negras.
Pero el fuego de Alhaz sostenía el núcleo, conteniendo a la criatura… al menos por ahora.
El viento empujó la vela como si supiera que no podían detenerse.

Desde la distancia, los chicos vieron una columna de luz ascender desde la isla, y luego... silencio.
Solo el mar.
—¿Creen que murió? —preguntó Tomás, mirando hacia atrás.
—No —dijo Damián—.
Se convirtió en memoria… limpia.
En llama que puede guiar, no consumir.

Emilia cerró los ojos.
—Entonces tenemos que seguir.
No podemos fallar donde ellos cayeron.
Y desde su mochila, la esfera del segundo fragmento comenzó a brillar.
Un nuevo símbolo se había grabado en ella: una antorcha rodeada por tres estrellas.
—Nos está marcando el próximo paso —susurró Damián—.
Y esta vez… no iremos solos.




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