El mar estaba en calma.
Demasiado.
Después de la furia de la isla, el silencio resultaba extraño.
Como si el mundo se hubiera tomado una pausa para permitirles respirar.
Pero ninguno de ellos hablaba.
El bote se deslizaba por aguas lisas como cristal.
La luz del atardecer los envolvía en un oro apagado.
Y por dentro, los tres ardían… pero no sabían cómo poner ese fuego en palabras.
Damián fue el primero en romper el silencio.
—Creí que… que podíamos con todo.
Hasta que vi lo que Alhaz hizo.
Y entendí que no siempre se gana.
Emilia lo miró de lado, sentada con las rodillas contra el pecho.
—No lo hicimos para ganar.
Lo hicimos para no olvidar.
Él… eligió quedarse con ese peso.
Nosotros tenemos que seguir porque aún no sabemos cómo cargarlo.
Tomás, más serio que nunca, sostenía entre las manos la figura de madera que tallaba antes: su hermano Nano.
—¿Y si cuando volvamos… ya no nos reconozcan?
¿Y si somos tan distintos que no encajamos más con lo que dejamos atrás?
—Entonces —dijo Damián con una voz suave— será momento de enseñarles quiénes somos ahora.
Esa noche acamparon en una playa pequeña, en un islote sin nombre.
Encendieron un fuego, no por necesidad… sino por necesidad emocional.
Por invocar un poco de lo que Alhaz les había mostrado.
—¿Creen que Severo era como Anuar? —preguntó Emilia—.
¿Alguien que empezó queriendo ayudar y terminó… siendo lo que destruye?
—Tal vez —dijo Tomás—.
O tal vez…
alguien lo convirtió en eso.
—¿Y si eso también puede pasarnos a nosotros? —preguntó Damián—.
¿Y si algún día… uno de los tres pierde el camino?
Silencio.
El fuego crepitó como respuesta.
—Entonces los otros dos vamos a encenderlo de nuevo —dijo Emilia—.
No vinimos a salvar el mundo, chicos.
Vinimos a recordar cómo se empieza de nuevo.
Las palabras quedaron flotando, como brasas en el aire.
Esa noche durmieron sin pesadillas.
Porque por primera vez… no estaban huyendo del pasado.
Estaban honrando lo que había ardido para que ellos pudieran continuar.
Y cuando despertaron, la esfera del segundo fragmento flotaba en el aire, girando lentamente.
Ahora señalaba hacia el este.
Más allá del horizonte, donde comenzaba una tierra antigua y olvidada.
—Es hora —dijo Emilia, con los ojos cargados de algo nuevo.
No miedo.
Determinación.
—Sí —respondió Damián.
—Pero esta vez… vamos a elegir por quién lo hacemos.
Y así comenzó el siguiente tramo del viaje.
No como fugitivos.
Sino como herederos de la llama.
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Editado: 03.03.2026