Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 59: Donde el tiempo no se atreve a avanzar

El barco encalló suavemente en una costa cubierta por cenizas blancas.
No arena.
Ceniza.
Como si toda una era hubiera ardido… y solo quedara su polvo.
Frente a ellos, colinas de piedra negra se extendían hacia un bosque de árboles sin hojas, cuyas ramas formaban arcos torcidos sobre el sendero.
El cielo era gris, pero no nublado: como si el color hubiese abandonado el lugar hace mucho.

—¿Dónde estamos? —preguntó Tomás, mirando en todas direcciones.
Damián cerró los ojos.
Había algo distinto en el aire.
Una vibración leve… como un eco debajo de la piel.
—No lo sé —dijo—.
Pero esto no es un lugar muerto.
Es un lugar silencioso a propósito.

Avanzaron por un sendero que parecía trazado por raíces.
Todo crujía bajo sus pies como si el suelo estuviera hecho de huesos antiguos.
La esfera del fragmento flotaba a su lado, girando lentamente, guiándolos.
Y entonces, entre los árboles retorcidos, vieron una figura encapuchada.
Se detuvo.
Los observó.
Y sin decir una palabra, giró y comenzó a caminar entre las sombras.
—¿La seguimos? —preguntó Emilia.
—¿Y si es una trampa? —dijo Tomás.
—¿Y si no? —respondió Damián, dando el primer paso.

La figura los guió hasta una grieta abierta en la tierra.
Un estrecho pasadizo descendía hacia el interior de una montaña hueca.
Allí, antorchas antiguas comenzaron a encenderse una a una… sin que nadie las tocara.
La figura encapuchada se detuvo al borde del umbral.
—Adentro encontrarán lo que queda de los primeros.
Pero cuidado:
no todos los que recuerdan… quieren recordar.

Dentro del santuario, descubrieron un espacio tallado con paciencia.
Murales circulares contaban historias fragmentadas.
Y en el centro, en un círculo de piedra, siete estatuas estaban alineadas.
Tres de ellas estaban rotas.
Cuatro, intactas.
Cada una con un símbolo diferente: fuego, agua, viento… y sombra.
Una voz surgió desde las sombras del santuario.
—Hace mucho que nadie viene por voluntad.
Solo los que huyen… o los que despiertan.

Un hombre mayor, con piel oscura y ojos color ámbar, emergió desde el fondo del recinto.
Su presencia era densa, como un árbol milenario.
—Mi nombre es Iktan.
Fui guardián de los Fragmentados.
Y hasta hoy… su último recuerdo viviente.

Los chicos se miraron, sin palabras.
—¿Quedan más como nosotros? —preguntó Emilia.
Iktan asintió.
—Esparcidos.
Dormidos.
Algunos olvidaron lo que eran.
Otros se escondieron de lo que pueden llegar a ser.
—¿Y Severo? —preguntó Tomás.
Iktan frunció el ceño.
—Él no es un fragmentado.
Es lo que quedó cuando un fragmentado renunció a su llama y no fue contenido.
Se convirtió en lo que llamamos un Roto.
Una distorsión.
Una ruptura andante.

El santuario pareció oscurecerse al oír ese nombre.
—¿Y qué hacemos nosotros? —preguntó Damián.
Iktan se acercó.
Puso una mano sobre su pecho.
—Ustedes no son los últimos.
Son el puente.
Entre lo que fue… y lo que aún puede ser.
Pero deben decidir si serán llama… o ceniza.

La esfera flotó hasta el centro del santuario.
Se abrió…
y dentro, no había fuego.
Había una llave.
Antigua.
Hecha de hueso y metal.
—Esa abre la cámara de los otros —susurró Iktan—.
Donde los Fragmentados duermen.
Pero no todos querrán ser despertados.

Los chicos se miraron.
El viaje no había terminado.
Acababa de cambiar de forma.




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