La noche era espesa en el santuario.
Afuera, el viento arrastraba cenizas.
Adentro, los tres chicos se reunieron en la cámara de los sarcófagos, sentados frente al del Cuervo.
La piedra seguía agrietada.
Y la energía dentro vibraba como un tambor a punto de romperse.
—No vamos a abrirte a ciegas —dijo Damián en voz baja—.
Queremos escucharte primero.
Verte… como fuiste.
Como sos.
Iktan les había enseñado un antiguo ritual.
No palabras, no símbolos.
Solo conexión.
Damián debía actuar como puente, usando su don de telepatía.
Tomás y Emilia, como anclas emocionales, uniendo sus manos alrededor del sarcófago.
Cerraron los ojos.
Respiraron.
Y cayeron.
El mundo del cuervo
Aterrizaron en un paisaje distorsionado:
un cielo partido entre negro y rojo.
Árboles invertidos que colgaban del cielo.
Y en el centro, una torre hecha de huesos de pájaro.
Desde lo alto, una figura los observaba.
Tenía alas.
O algo que se parecía.
Era humana… y no.
Sus ojos eran llamas negras.
Y de su espalda colgaban cadenas rotas.
—“¿Quién se atreve a entrar en mi ruina?” —preguntó una voz que arañaba el alma.
Emilia dio un paso al frente.
—Venimos a conocerte.
A entender quién sos… antes de abrir tu prisión.
La figura descendió.
Sus pies no tocaban el suelo.
El viento giraba a su alrededor como cuervos sin cuerpo.
—“¿Creen que fui encerrada por debilidad?”
—“No.”
—“Fui encerrada porque dije lo que no debía.”
—“Porque encendí una llama en los que no debían pensar.”
Se acercó a Tomás.
—“Vos sabés lo que es arder de rabia.
¿Hasta cuándo vas a contenerla?”
Luego, a Emilia.
—“Y vos… ¿a quién querés proteger, si no sabés quién sos sin tu coraza?”
Finalmente, a Damián.
—“El más valiente.
Porque se atrevió a venir sintiendo todo.
Incluso cuando eso duele más que luchar.”
La torre tembló.
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Editado: 23.03.2026