El amanecer no llegó.
Solo una penumbra rojiza iluminó tenuemente el santuario cuando los chicos despertaron, jadeando.
Sus manos ardían.
En las palmas, una marca oscura: un cuervo grabado con fuego.
Las marcas parecían quemadas desde adentro.
—¿Fue un sueño? —murmuró Tomás, con la voz quebrada.
—No —dijo Emilia, observando sus manos—.
Nos eligió. O nos usó.
Corrieron al sarcófago.
La grieta se había extendido, y el aire alrededor chispeaba con energía inestable.
Damián, aún temblando, colocó la palma sobre la piedra.
—No podemos dejarla encerrada si ya encontró la forma de salir —dijo—.
Es mejor tenerla delante… que detrás.
Con una vibración profunda, el sarcófago se abrió.
No con violencia.
Sino como si simplemente dejara de ser necesario.
De su interior emergió la Fragmentada del Cuervo.
Alta, delgada, con alas de sombras que se deshacían y reconstruían a cada movimiento.
Sus ojos eran dos brasas sin fondo.
—Gracias por devolverme al fuego.
Ahora, el juicio puede continuar.
El santuario entero tembló.
Los otros sarcófagos comenzaron a vibrar.
Uno a uno, se agrietaron.
Y de ellos comenzaron a emanar presencias.
—¡No! —gritó Iktan, apareciendo de la nada—.
¡Detengan esto!
Pero ya era tarde.
La Fragmentada del Cuervo alzó una mano.
Y con su voz, los despertó.
Los otros Fragmentados comenzaron a abrir los ojos.
Y entonces, de entre las sombras detrás de Iktan, emergió él.
Severo.
Igual que en las visiones.
Pálido, sereno, con una voz que podía ser un canto o una sentencia.
—Mi llama. Mi furia. Mi compañera.
—Volvimos al fuego… como debía ser.
Se acercó a ella, tomándola de la mano.
Y en ese instante, las sombras del santuario se alinearon con su voluntad.
—¿Qué está pasando? —dijo Damián.
—Les contaré —dijo Severo, mirando al grupo con una sonrisa calma—.
Iktan selló a los Fragmentados que no aceptaban el límite.
Nosotros queríamos reconstruir la especie humana.
Depurarla.
Eliminar la corrupción desde la raíz.
—¡Iban a destruir miles de vidas! —gritó Iktan.
—¿Miles? —susurró el Cuervo—.
Millones.
Pero solo las necesarias.
Severo extendió su brazo hacia los Fragmentados recién despertados.
—No les pido lealtad. Les pido conciencia.
Miren el mundo.
Y elijan:
¿Quieren preservar lo que se pudre… o construir algo nuevo desde la llama?
Hubo un silencio espeso.
Y entonces, tres Fragmentados dieron un paso al frente y se unieron a él.
Dos más se quedaron con los chicos.
Y los otros aún dudaban.
—¡No los dejaremos hacer esto! —rugió Tomás, lanzándose al frente.
Y así, estalló la pelea.
Fuego contra sombra.
Gritos, estallidos, energía pura chocando como olas.
El santuario se volvió campo de batalla.
Pero en medio del caos, una bomba de humo estalló en el centro.
Todo se volvió gris.
Una explosión de confusión.
Y cuando la niebla se disipó… Severo y los suyos habían desaparecido.
Iktan cayó de rodillas, exhausto.
—No... no otra vez...
Fue entonces cuando Naima apareció en el umbral.
Su rostro era piedra.
Su voz, hielo.
—No hay más tiempo para secretos —dijo.
—Severo no solo tiene Fragmentados.
Ya tiene un ejército de sombras.
Y piensa purificar el mundo… desde la extinción.
Los chicos se miraron.
Quemados. Agotados. Divididos.
Pero por primera vez, sabían exactamente a quién enfrentaban.
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Editado: 23.03.2026