Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 65: Cenizas que no se apagan

El santuario ardía en silencio.
No por fuego visible.
Sino por las marcas, las grietas y las miradas que ya no podían sostenerse.
Los Fragmentados que se habían quedado —Yareth, la Tejedora de Recuerdos, y Khural, el Raíz del Silencio— observaban el mundo como si acabaran de nacer… y supieran que nacían en ruinas.

Damián estaba sentado a un lado de la cámara, solo.
Miraba sus manos, aún marcadas con el símbolo del cuervo.
No podía evitarlo: se sentía culpable.
—Si no la hubiéramos despertado… —murmuró.
—Se habría liberado igual —dijo Emilia, a su lado, con la voz quebrada.
—Solo que ahora lo sabemos.

Tomás estaba a unos metros, entrenando solo, golpeando con fuerza una piedra agrietada.
Lo necesitaba.
Para no gritar.
Naima lo observaba desde la distancia, con la paciencia del fuego contenido.
—Tu rabia puede construir… o destruir lo poco que queda.
—Elegí bien, Tomás.

En la sala central, Iktan hablaba con Yareth.
La Fragmentada estaba sentada sobre un pedestal de piedra, hilando hilos de luz que brotaban de su piel como recuerdos flotantes.
—¿Por qué me liberaste? —preguntó.
—¿Y por qué no me volviste a sellar… cuando viste lo que pasaba?
Iktan bajó la mirada.
—Porque ya no puedo cargar solo con lo que hicimos.
Ni con lo que dejamos dormir.

Damián se acercó a Khural.
El gigante de piedra estaba arrodillado frente a una flor que brotaba entre las grietas del suelo.
—¿Ustedes eran amigos, alguna vez? —preguntó Damián.
—Severo. El Cuervo. Vos.
Khural no respondió al instante.
—Éramos algo más complejo que eso —dijo al fin.
—Éramos una llama dividida en siete formas.
Y cada una… eligió cómo arder.

En la noche, reunidos en un círculo improvisado, Naima habló al grupo:
—Severo no se va a esconder.
Va a atacar, no por crueldad…
sino porque cree tener la razón.
Y eso lo hace más peligroso que cualquier monstruo.
—¿Sabemos dónde irá primero? —preguntó Emilia.
Naima asintió lentamente.
—A las ciudades con más Fragmentados dormidos.
Para despertarlos antes que ustedes.

Silencio.
Damián se puso de pie.
—Entonces tenemos que adelantarnos.
Reunir lo que queda.
Hablar con los que aún dudan.
Y preparar lo que nunca se preparó:
una defensa.

—No —corrigió Tomás, levantando la mirada por primera vez.
—Una resistencia.

Yareth sonrió.
Khural se incorporó.
—Entonces —dijo ella— que empiece la reconstrucción del fuego.

Esa noche, entre cenizas y heridas, se trazó un nuevo mapa.
Un nuevo grupo.
Una nueva guerra.
Pero también, una esperanza distinta.
Una que no arde por destruir…
sino por iluminar la oscuridad que viene.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.