Los días posteriores a la liberación de Selar fueron… distintos.
No por lo visible.
Sino por lo que faltaba.
Un vaso que antes se caía, ya no lo hacía.
Una herida que dolía, ahora era solo un recuerdo borroso.
Una sombra que solía aparecer al doblar una esquina… ya no llegaba.
—¿Esto es normal? —preguntó Tomás, mientras se agachaba a recoger un objeto que cayó al suelo, solo para ver cómo retrocedía solo hacia la mesa.
Selar giró suavemente a su lado.
No caminaba como los demás.
Daba vueltas con gracia, como si la gravedad le obedeciera.
—Es parte de mi forma de protegerlos —dijo—.
Pero solo en las líneas menores.
Alterar demasiado el curso… trae consecuencias.
—¿Qué tipo de consecuencias? —preguntó Emilia.
Selar sonrió.
—Las que todavía no hemos vivido.
Una noche, Damián se despertó con un murmullo.
Abrió el cuaderno.
Una sola palabra escrita en tinta azul que aún no se había secado:
No vayas a la torre este mediodía.
Era su letra.
Pero él no la había escrito.
Lo ignoró.
Y al mediodía, mientras caminaba cerca de la antigua torre del santuario, una grieta del techo se desprendió, cayendo justo donde él habría estado si no se detenía a leer el cartel de advertencia.
Damián retrocedió, helado.
Selar apareció a su lado, sin previo aviso.
—No estoy cambiando el futuro.
Solo… sugiriendo rutas.
Pero no todo era armonía.
Yareth comenzó a sentir que sus recuerdos saltaban.
Cosas que había vivido ya no eran exactamente iguales.
Khural olvidaba detalles esenciales… y Emilia empezó a tener sueños de futuros que no eran suyos.
—¿Estás reescribiéndonos? —preguntó Tomás, enfrentando a Selar.
—No —dijo ella con calma—.
Pero al ayudarlos, ustedes dejan de ser los que iban a ser.
Esa frase pesó.
En la noche, Damián buscó a Selar junto al lago seco.
—¿Por qué me elegiste a mí?
—Porque sos el único que escucha el eco… antes de que la piedra toque el agua.
El único que no busca controlar lo que siente.
—¿Y si todo esto… termina mal?
—Entonces al menos sabremos que no fue una repetición.
A la mañana siguiente, Emilia encontró una hoja en su bolsillo.
Con una nota en tinta roja:
La ciudad de Umbra ya no es segura. Severo va hacia allí. La grieta será usada como portal.
La letra… no era de ninguno de ellos.
Era de Naima.
Pero escrita con veinte años de antigüedad.
Selar apareció detrás del grupo.
—Algunas puertas… se abren antes de ser construidas.
Y a veces, los que saben más... aún no han nacido.
Los Fragmentados se miraron.
El tiempo no era un mapa.
Era un rompecabezas vivo.
Y con Selar de su lado… el juego se estaba redibujando.
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Editado: 23.03.2026